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lunes, 17 de mayo de 2010

Presentación-reseña de EL AÑO EN QUE MURIÓ JEAN GENET, de María González en la Librería Luque de Córdoba, por E.Chivite


Presentación-reseña de EL AÑO EN QUE MURIÓ JEAN GENET, de María González en la Librería Luque de Córdoba, 30 de abril de 2010 a las 20:15 por E.Chivite.

Hoy estoy aquí en calidad, no sé muy bien de qué, amigo, “ese muchacho que me empezó a hablar de poesía”, poeta, varsoviano… Cuando Elena y Alejandra, por indicación de María, me pidieron que escribiese unas palabras para la contraportada de este libro me dije: “ufff”. Es la primera vez que escribo algo en la contraportada del libro de otra persona, son esas palabras distintas a las del autor que todos van a leer, incluso antes que el libro, incluso puede que por culpa de esas palabras alguien lo suelte y se pierda un libro como éste.
A veces hay que situar las cosas en su contexto, y el primer libro de María González tiene un contexto maravilloso, se lee claramente en este poemario un aprendizaje de años, lecturas y conversaciones. Me trajo ecos lejanos de lecturas que hace ya demasiado que leí, resonancia de los poemas narrativos de la cotidianidad: “bebes agua, cerveza, / y, a veces, sonríes”. Guiños al realismo directo, sucio, a la música de los setenta: “Hoy te volveré a ver dentro del vaso. / Tom Waits, Lou Reed. Llevando el compás con los dedos”. Reconocí algo tan cercano a mi propia poesía y amigos comunes, esto que se dice “generacional” como palabras sencillas, del día a día, una tras otra, dispuestas en la mejor de las formas posibles: “Los amantes no se aman si, al sentirse, / miran más la piel que sus ojos” (a mi me ha pasado).
Esta voz de la que hoy les hablo es joven, tan joven que cuando habla de la infancia pierde ese resabio amargo del que perdió algo importante, se muestra natural, a veces decadente, y adolece con frescura todavía la vida nocturna… un cóctel que duele y tranquiliza: “He vuelto a ver a mi príncipe azul”, “No conozco otra forma de querer”, “Sabes que es la belleza cuando te hacen sentirla”. En la contraportada lo digo de otro modo: “Y atrapa a un tiempo, como algo propio que respira en este libro, la pugna entre la realidad, vista desde una fría objetividad emocional, y la nocturnidad, como extraña ensoñación consciente, a veces voluntaria”. Insisto en lo de propio, en lo de atrapa, ensoñación, consciencia, insisto.
María González que a veces ilumina obras de teatro compone los poemas como si fuese iluminando escenas de la vida, o viceversa, la luz, su luz, como si fuera un poema, y es entonces cuando sorprende “de veras en medio de sus versos la belleza, o cómo se vuelve esperanzadoramente poética en el momento de contemplar”, momento inesperado, oculto entre un a veces duro pesimismo poético, otras de auténtico dolor bien encauzado, que la vida la rodea, y con ello hace recordar al lector también que la vida le rodea. Esa sensación sentí cuando volví a leer el libro, ya terminado, trabajado, pulido. Hay versos que me dan envidia, y me alegro: “He aprendido a mirarte con los ojos entornados”, “devolverte el amor que no llegué a sentir” o “El silencio es sentir tus dedos recorrer mi pelo”. Hablar de María González hoy, es hablar de las nuevas voces de poetas cordobeses, de poetas jóvenes, de quienes sentimos como nuestros.

Eduardo Chivite Tortosa
(Chivi, el poeta clásico)

sábado, 3 de abril de 2010

Teoría y Mística de la creación poética en Laura Rosal, por Javier Gato


Este artículo analiza la estructura temática del primer libro de Laura Rosal, columnista de Sevilla Actualidad, 'También mis ojos' (Sevilla, Cangrejo Pistolero Ediciones, 2010), y se centra en un aspecto muy concreto: en su paralelismo con temas y motivos presentes en la literatura mística española.

Javier Gato. Sorprendido me quedé al leer la nueva publicación de Cangrejo Pistolero Ediciones, También mis ojos, escrito por la jovencísima Laura Rosal.

Sorprendido de que haya quienes se quejen de la poesía que actualmente se escribe, deseando con todas sus fuerzas que no se hable de ella dentro de veinte años -habrá que ver, por otra parte, lo que escribe esa gente, o si se atreve a escribir, para comprobar el fundamento de su actitud de tirar la primera piedra-. Sorprendido, también y sobre todo, de que la propia Laura Rosal, en ocasiones, haya declarado no tener ni idea de por qué escribe, ni de cómo crea, ni de qué es la Poesía. Y es que el texto que van a tener entre sus manos es un puro ejercicio metapoético: También mis ojos no tiene otro tema que la Poesía en sí y la relación de la poetisa con dicha fuerza insondable.



La estructura formal del libro se divide en cuatro partes: 'La extranjera', 'En la noche oscura', 'Sangra luz' y 'También mis ojos'. Enumeradas estas partes, cabría pensar, como señala muy acertadamente Andrés Neuman en el preludio, que el libro nos expone la peregrinatio vitae de la voz lírica, extranjera en un mundo que no le pertenece ("No es mío este jardín") que huye de sí misma, corre, se abandona en la noche. En esa "noche oscura", silenciosa, que no es sino "el poema que no escribo", se sumerge la poetisa y, en esa quietud del alma se hace por fin de día: la luz se desparrama, "sangran" rayos sobre sus ojos (metáfora de su alma), que en ese instante comienzan a ver no ya este mundo, "árboles torcidos", sino otro, trascendente e infinitamente más resplandeciente: el mundo de la Poesía.

La poetisa vive desasosegadamente, en un ir y venir entre este mundo, vulgar y sucio (una "ciudad dormida"), y el reino de la Poesía, de lo absoluto, de lo inefable. Cada vez que por fuerza debe descender a este mundo nuestro, cuyo vino -símbolo de lo sensual por excelencia- no la salva, la voz lírica regresa de su nomadismo "como un animal herido"... Cómo nos recuerda este verso a aquel otro, quejumbroso de la ausencia de Dios (otro nombre, en fin, como podría serlo el de Poesía, para lo Bello, Bueno y Verdadero), que exclaman los labios de San Juan de la Cruz: "Como el ciervo huiste habiéndome herido".

Y con esta comparación me acerco al punto principal de este artículo: la teoría de la creación poética que Laura Rosal nos propone en su libro, camino errabundo de perfección a través de la noche y en pos de la iluminación poética revelada a sus ojos, se asemeja sorprendentemente a las tortuosas vías que los místicos de nuestro Siglo de Oro atravesaron para alcanzar lo Absoluto. La experiencia poética es sentida por Laura Rosal con la misma intensidad y arrebato que los poetas ascéticos y místicos.

La poetisa es una extranjera en este mundo sensible y de vanas sensualidades -el vino, las magnolias y tantos otros símbolos de sus poemas-, del cual desea huir a cada momento con "la sensación de llevar alas en la espalda". Este huir de la "casa de la sensualidad", que diría San Juan de la Cruz, identificable con la vía purgativa de la Mística, se corresponde en el proceso de creación poética con el extrañamiento, la imprescindible necesidad de desautomatizar el lenguaje y de realizar un desvío lingüístico a fin de alcanzar el efecto estético. Una vez trascendidas las realidades de este mundo; hecha la comprobación de que "el vino no me salva" y de que el mundo sensorial se compone tan sólo de "ventanas sin respuesta", la voz lírica se atreve a asomarse al abismo de su propio yo, a la noche y a la quietud en la cual surja la chispa de la inspiración que ilumine el mundo con nuevos matices y aporte respuestas a los grandes enigmas que intranquilizan a la autora.

Pero la quietud que nuestra poetisa exige de la noche oscura de su alma es muy peculiar. Hastiada de no hallar respuestas, escéptica respecto de los valores morales de nuestra civilización (simbolizados en "las ciudades" y "la luz blanca que desprenden los niños"), Laura Rosal no busca una poesía complaciente, dulce, brillante como las estrellas que, minúsculas o mayúsculas, son al fin y al cabo estáticas. Nieta de las Vanguardias, la Rosal desconfía de las presuntas respuestas que se hallan en el seno de la ataraxia, y acepta el vivire pelicoroso, la poesía como terrible y desgarradora aventura: en palabras de la jerezana: "la concupiscencia apática de las tormentas". A sus veintiún años, ya sabe que buscar respuestas -y aun el encontrarlas- no es nada agradable; el oficio del poeta es, ni más ni menos, que "correr descalza fría y húmeda".

Por fin, el silencio desciende al interior de la poetisa "como un párpado/que muere", pues ya no se siente parte de la vulgaridad de este mundo, sino presa de otro inexplicable, viva en éste y muerta para aquél. "Cuando la piel supera los límites del vértigo", es cuando Laura Rosal concluye la vía purgativa y entra en la iluminativa, cuando empieza a caminar "sobre el fuego". Pero repasemos un poco mejor lo que precede a la Luz, esa "noche oscura" de la segunda parte.

Es de noche aún, porque la poetisa aún no está madura para abrir ventanas y hallar respuestas. Porque, como dijo Alejandra Pizarnik, "la luz es demasiado grande para mi infancia". En este desordenado ir y venir, Laura nos expone fotografías de momentos muy diversos del proceso místico de la inspiración. Comienza la segunda parte con la añoranza de una anterior inspiración, ahora perdida y buscada con impaciencia. Ya está muerta la autora. Ahora, sólo existe la poetisa. De ahí que la voz lírica confiese a la Poesía, con un fuerte regusto a Santa Teresa, que "no sé mirarte sin muerte". La vía iluminativa ha dado paso a la vía unitiva: "Ahora ya no sé distinguir entre/tu respiración y la mía". Pero esta inspiración pasó y ahora se encuentra de nuevo en el punto de partida, a oscuras, sollozando de impaciencia en el seno de la noche del alma por la frialdad de la aurora que aún no llega. Melancólica, la voz lírica sólo puede añorar la ausencia de la Poesía ("delinear tu sombra"), lamentarse como hace cinco siglos se lamentaba San Juan: "¿Adónde te escondiste,/Amado, y me dejaste con gemido?".

Muy interesante me parece la revisión de la teoría platónica del arte en el poema "La piel sobre la piel sobre la piel". Para Platón, el arte es un reflejo mimético de las cosas sensibles, reflejo a su vez de la Idea, y por tanto doblemente deleznable y falso. Sin embargo, Laura Rosal defiende románticamente el arte, y si bien la Idea es piel y la cosa es hiel, el poema es superior a ambas: es miel. Esta es la idea que vamos anunciando "esclavos fugitivos" (¿de la caverna platónica?), los poetas, esclavos en "las noches a escondidas" ("a oscuras y en celada", que diría aquél). El arte poético se revela como la más eficaz herramienta para llegar a la Idea, para cruzar "el espejo líquido/su mar de mentiras". De nuevo, Platón y el mundo como espejo que refleja falsamente la Idea.

Finalmente, "sangra luz" y la poetisa puede ver con sus ojos, metáfora de su alma, lo absoluto. Sin embargo, plasmar esto en el poema, en la fotografía, en el drama (disciplinas cultivadas por la renacentista Laura Rosal) se convierte en tarea imposible y frustrante. "Mi dulce estrategia/derrotada", confiesa lastimera la Rosal. Porque, aunque "unas manos (...) me alzan salpicada/con la dulce violencia de la aurora" y le nacen grietas, no podemos llegar a saber si éstas son equivalentes a estigmas -prueba de superación de la vía unitiva y por ende de la santidad- o si, por el contrario, son desgarros en el alma de la poetisa, dolida por su incapacidad de expresar en papel -fotográfico o no- la revelación poética que ha sufrido.

Por suerte -no por desgracia: Laura es una mística, no una maldita-, el proceso vuelve al inicio, a pesar de "la pereza de ser. De estar. De irse". Sus ojos de veinte años huirán de su cuerpo sensual, de la masa ajena a "la competencia eléctrica/de las estrellas" y morirá y renacerá, se oscurecerá y se alumbrará su voz, una y otra vez. Porque aún queda esperanza -no hay lugar para sentirse maldita-. Porque ella siente, cada vez que muere mártir de la Poesía, que "toda la tierra se convierte en eco".

Y es que recorrer el camino de perfección poética que Laura inicia ahora con También mis ojos requiere ser nómada para toda la vida, recorrer mundo incansablemente. Porque, al fin y al cabo, tiene la esperanza -virtud teologal y poética- de que "el mundo palpita algo definitivo".

Cabe recordar que Laura Rosal es columnista de Sevilla Actualidad, y que cada jueves ofrece su particular visión en 'Gritos y susurros'.

jueves, 25 de marzo de 2010

Reseña de También mis ojos, de Laura Rosal, por Eduardo Chivite.


Reseña de También mis ojos, de Laura Rosal, por Eduardo Chivite.

Con motivo del Cuaderno Caníbal nº 3, Cangrejo Pistolero Ediciones, la editorial creada hace ya años por Antonio García Villarán y Nuria Mezquita, edita el primer poemario de Laura Rosal, fotógrafa del ciclo Las Noches del Cangrejo, y poeta emergente jovencísima invitada este año a Cosmopoética. Edición elegantísima y maravillosamente ilustrada con las libélulas de la pintora Erika Espinosa; libélulas como la que Laura siempre lleva consigo.

Un primer libro, que sorprende. No lo digo por su madurez, ni por ninguna otra razón, no… Lo digo, simplemente, porque sorprende. Abrir un libro con un poema adecuado, con uno que nos coloca en el lugar desde donde mirar, como quien busca un encuadre; un poema que nos lleva o nos trae de vuelta, nada más comenzar; desde un yo-lírico que es otro y a la vez la certeza, en cambio, de saber que “Estoy donde debo”. Ser-sentirse La extranjera (título de la primera parte del poemario), bienvenida (Welcome, roots. Cita de Anne Sexton), empezar por no reconocerse o “Dejar caer la vida”… Sorprende. El tono y la forma de mirar, el lugar desde dónde mirar, y ser y sentirse de Laura Rosal convence ya desde el primer poema.

Y seguido, como si se tratase de un amor de antiguo conocido y recién llegado a la ciudad, se explica, en una poética intima de confesión: “Estoy aquí para preguntarte”. La pregunta es una imagen tan hermosa que tiene que ayudarnos: “Quizás podrías deletrearme (…) / esas estrellas (…) minúsculas / Mayúsculas / Estáticas, / A mi lado”. Y de pronto, es como si los versos se convirtiesen en una noche oscura y las letras, minúsculas o mayúsculas y estáticas, se antojaran, cerca de ella misma, estrellas. Dice Andrés Neuman en el maravilloso Preludio de Raíz, con que se introduce la edición y que encierra en cada frase una lectura atenta y acertada de este libro: “Nada es banal tratándose de Laura, minúscula y mayúscula”. No en balde, como poética intima califiqué antes al poema. Como si le diese un sentido rítmico-semántico a los versos, usa Laura de la mayúscula al principio de los mismos, una intención de sucesión de imágenes o de yuxtaposición de cadencias. Y me trae a la memoria a T. S. Eliot, hablando del verso como unidad poética. La extranjería de la voz lírica desciende órfica al infierno: “Por ti me destruyo / (…) Y nada. / Nadie”. Y ahora, ya nihilista, infiel, lejos de sí misma, se ofrece al lector a sabiendas de que escribir, de que el poema, deja de ser de uno, para ser de todos. Como quien trata de encontrarse entre las líneas de luz (“He comenzado a reseguir las rayitas de sol”), en las líneas que dibuja el trazo del poeta cuando escribe, se abandona a la noche, camina sobre el fuego, “En la inmediatez del aire”… y rompe el poema.

Se vuelve ahora ascética en el epíteto título que da nombre a la segunda parte, En una noche oscura, igual que aquel verso de San Juan de la Cruz que abre el poema de Canciones del Alma (“En una noche oscura / con ansias de amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura!, / salí sin ser notada”). Vuelve Laura a mirar, o a ver desde dónde mirar (¿qué os decía?)... y ya, ya no distingue de quién es el poema, “entre / Tu respiración y la mía”. Ese extraño final de verso “entre /”, y de marcar con la mayúscula la seudo-independencia semántica del que sigue, hace que se transforma –desde la identificación fondo-forma– en parte en sí misma de la duda. Desorientación que hace metonímico al “dulce peso de la noche”. En nuestra ausencia busca sus ojos, y es entonces, como bien indica Andrés, que nuestra poeta, consciente de sí por un momento, advierte al amante lector: “Cuídate de mí”. Porque Laura [se] sabe… que “La luna se resbala” de su cama, que “Dulcemente, / La luz fabrica cuerpos”, que “La noche era demasiado blanca” para nuestros ojos.

Cual una imagen mística, el binomio noche-luz se contradice, complementa, Sangra luz… nos habla de la infancia. Una sucesión de imágenes, que ella, igual que hace la luz, como la luz, nos deja ver, y como la sangre, duele. Sangra y se entrega como verso, como la luz, o su pureza: “Tuve que borrarme el rojo / De los labios”. La marcada pausa versal, dejando aislado al rojo… de los labios; reforzada por la alienación semántica de la mayúscula inicial del verso, rompiendo el posible encabalgamiento, la reiteración de “El rojo” y de la misma estructura en el segundo y tercer verso; y la idea de la sangre… ¡Qué necesidad hay de aclarar la fuerza de esta imagen?


La lectura de todo el libro como una voz que habla, una amante que llena de sentido, como un único poema, un sentido-lectura intimo, amatoria, metapoética, tan sugerente en los buenos escritores: “Y me dijo, escribe. Y me dije, amo”. El estilo de Rosal se hunde en la genealogía de Pizarnik; es una voz que NO SE SABE MUJER, lo es; una poesía femenina, con solo la intención de poesía (“La pereza de Ser”). Como buena fotógrafa, lo sabe, “Fotografío las miradas y besos (…)”, y en el título de la última sección, como un curioso secreto, También mis ojos. No solo con el ojo unifocal de su cámara atrapa miradas y besos, a veces con sus propios ojos, o con sus versos, bien claro lo dice: “Me aprieto los párpados / Cuando explico las palabras”. Y el poema que sigue, que tanto me recuerda aquel otro del viejo general Sabines (“Los enamorados son los que abandonan, los que olvidan”) cuando dice: “Los dormidos se sueñan de nuevo / Se enamoran, (…) / Se beben su café”. Lo siento, tengo que decirlo, me encanta este poema. La sensibilidad o sentibilidad o semantibilidad o… de Laura se hace una con la del lector. Si empezó siendo otra (“No es mío este jardín”), ahora vuelve, no al origen, a sí misma, como un solo verso de un gran poema escrito en cuatro partes: La extrajera En una noche oscura Sangra luz, También mis ojos. Dice Neuman: “Este libro está lleno de una mezcla sagrada entre ida y vuelta” ¡¡¡Qué bien visto, Andrés!!! Como una poética mística-sangrante en el poema, identifica aquí el motivo del esfuerzo de escribir: “Mi sangre son tus ojos y tus manos”. Y, en última instancia, da al lector su entera autori(d)a(d): “me callas. Me pronuncias”.

La voz amante del yo-lírico cierra sencilla y confidencial, como todo amante, el gran poema… pero no lo contaré, léanlo, no quiero estropearles el final de este romance. Eso sí, epiloga, “Yo solo hablo de desiertos”, por no decir: “escribo”. Pero como todos, mi amor, como todos.

Eduardo Chivite
(Chivi, el poeta clásico).

viernes, 5 de febrero de 2010

Esteban ECHEVERRÍA, La cautiva. Madrid, Cátedra, 1999, por Javier Gato


Esteban ECHEVERRÍA, La cautiva. Madrid, Cátedra, 1999

Hoy vengo con un texto totalmente desconocido para el público general de España, si bien al otro lado del Atlántico es considerado, nada más ni nada menos, como una de las principales obras fundacionales del Romanticismo americano y, por consiguiente, de la literatura hispanoamericana tras la Independencia. Si en la anterior reseña criticaba la falta de rigor con que los profesores de enseñanzas medias suelen explicar la Historia de nuestra propia literatura, en ésta quisiera romper una lanza en favor de la olvidadísima literatura hispanoamericana, tan rica y brillante como la nuestra y merecedora de ser conocida por los jóvenes españoles. Mientras los programas curriculares de la ESO y del Bachillerato dediquen sus tres cuartas partes al análisis morfosintáctico, como suele hacerse, no podremos aspirar a contar con una ciudadanía auténticamente culta y dotada de una sólida base humanística.



“La cautiva” fue un extenso poema publicado en 1837 dentro de las Rimas, poemario del escritor y pensador social bonaerense Esteban Echeverría. El resto de las composiciones del libro, himnos y canciones plagados de manidos tópicos románticos y de un estilo no muy brillante, no han sobrevivido a la criba del tiempo, por lo que hoy día La cautiva suele ser editada como un texto autónomo, un poemario consistente en un solo poema épico que se divide en nueve cantos y viene precedido por una Advertencia del autor, en la cual declara su propósito de iniciar en el Río de la Plata una literatura romántica genuina. El poema fue acogido por la crítica porteña en su día con un sorprendente y unánime aplauso; si Echeverría logró su propósito o no, desde la visión del crítico actual, es algo que analizaré a continuación.

La originalidad de La cautiva consiste en la independencia temática de la composición: por primera vez, un escritor hispanoamericano describe el paisaje autóctono de su tierra -la Pampa argentina- e incluye en la trama personajes singularmente rioplatenses -los indios- desde un punto de vista netamente americano. Ya desde el Diario de a bordo de Cristóbal Colón, primer texto literario hispanoamericano, se toca el tema de la flora y la fauna del Nuevo Mundo, pero éstas siempre son descritas desde un punto de vista europeo, apoyándose en recursos de la tradición clásica; Echeverría, en cambio, aborda la naturaleza argentina y sus habitantes nativos como motivos literarios dotados de valor propio, independientes de la visión europea.
Desgraciadamente, Esteban Echeverría no logró, en suma, crear un arte totalmente independiente de las metrópolis europeas: sobre la muy loable ambientación local del poema, único factor en el que se alcanza la independencia literaria, cae el peso aplastante de la ciega fidelidad a los modelos románticos ingleses y franceses, no siempre bien conseguida, por cierto. Hoy día, la crítica gusta más de los escritos políticos de Echeverría y de su relato breve “El matadero”; la impetuosa altisonancia del tono poético y la artificialidad de los personajes de La cautiva, que en su día pasaban por ser el no va más de la sofisticación y la modernidad, resultan en el siglo XXI aburridas y hasta ridículas para el lector.

El modelo de Lord Byron recorre todo el poema, y muchos de sus cantos se inician con citas del lírico inglés. El byronismo es fácilmente detectable en la concordancia entre la naturaleza y el clima, por un lado, y el estado de ánimo de los personajes, por otro, así como el lenguaje extremadamente culto de los protagonistas de la epopeya, Brian y María. Sin embargo, Echeverría disiente de Byron en su concepción de la dicotomía estado natural-estado social. Los intelectuales argentinos de la época, empeñados en hacer de su República la nación más avanzada y cosmopolita del continente americano, conceden una extrema importancia a lo urbano e importado de Europa, a la vez que reniegan del mundo indígena y de la naturaleza salvaje como foco destructivo de violencia, oscurantismo y caos. El binomio Civilización vs. Barbarie, presente en las obras más capitales de la literatura argentina, chocan radicalmente con la opuesta idea byroniana de la naturaleza como estado de pureza e inocencia, libre de la corrupción de la sociedad. Junto a Byron, no existe la menor duda acerca de la influencia de la novela breve Atala de Chateaubriand. La cautiva es un plagio, a veces incluso textual, de esta historia: dos jóvenes enamorados huyen del peligro por un terreno hostil y su amor se ve truncado por un trágico destino. Lo único que cambia es el escenario, que se desplaza de la Luisiana francesa a la Pampa argentina.

La trama desarrolla una peripecia típicamente romántica: dos personajes jóvenes y dotados de las más sublimes virtudes físicas y morales son acosados por elementos externos hostiles que hacen peligrar su amor y hasta su vida. Los enamorados logran escapar, pasan por infinidad de calamidades y al final se impone la fatalidad del destino, el cual sesga la vida de los héroes. Brian es un bravísimo guerrero que viaja con su esposa en una de las muchas campañas genocidas que diversos gobiernos argentinos del XIX impulsaron con el fin de “civilizar” la Pampa y “limpiarla” de “salvajes”. Son víctimas de un malón, violentísima incursión de indios mapuches, y son apresados. De noche, María consigue escapar de su prisión y liberar a su esposo, gravemente herido, con el que inicia una huida por el ardiente desierto, repleto de peligros, que se convierte en una segundo y -esta vez sí- letal cautiverio de los dos enamorados. Destaca por su originalidad la figura de María: aunque conocemos por la voz lírica y las intervenciones de los personajes que Brian es un valeroso y fuerte guerrero, nosotros sólo asistimos directamente a las hazañas heroicas de María, que no tiene nada que ver con las delicadas y pasivas damiselas románticas y que es capaz de cargar con su marido a cuestas por el desierto durante horas y horas. Sin embargo, tan artificial y manido es este heroísmo femenino como la pasividad de las muchachitas románticas: María realizada este esfuerzo sobrehumano movida por el amor, sentimiento omnipotente que mueve a los personajes a acometer hazañas sobrehumanas; sin embargo, cuando su esposo muere finalmente y recibe la noticia de que sus hijos han sido asesinados nuestra heroína fallece de dolor en el acto, puesto que sus funciones de esposa y madre -las únicas posibles para las mujeres en el XIX- han dejado de tener sentido. Tanto ella como Brian carecen de toda profundidad psicológica, y sus diálogos son de una acartonada grandilocuencia retórica: más bien constituyen una excusa para que el poeta pueda transmitir los diversos tópicos de la sensibilidad romántica: amor hiperbólico, belleza, idealismo, virtud moral, heroísmo, evocación de una naturaleza exótica, motivos macabros (la noche, las fieras, los peces muertos en el pantano), etc.

La estructura formal del poema épico se compone de nueve cantos y un epílogo, precedidos por citas de poetas de distinta procedencia. El primer canto, “El desierto”, cumple la misma función que el prólogo a Atala de Chateaubriand: evocar el exótico escenario en el que tienen lugar los hechos de la acción. En “El festín” se plantea el conflicto -el cautiverio de los jóvenes enamorados a manos de los indios- y en “El puñal” se inicia la huida de María con Brian a cuestas. Tras la justicia poética de “La alborada”, en que los indios son exterminados por un grupo armado de argentinos, las calamidades se van sucediendo a lo largo de “El pajonal”, “La espera” y “La quemazón”. En estos tres cantos el primer peligro -el indio- deja paso a un peligro mucho más aterrador: la desértica Pampa argentina, constituida como un segundo cautiverio de consecuencias fatales para los héroes. El clímax se alcanza en el canto “Brian”, en que el viril guerrero muere de sed, hambre y agotamiento. Tras una breve distensión de la acción (“María”) que consiste en el deambular errático de María por el desierto, ésta es decubierta por un grupo de hombres armados, que la reconocen y le dan la noticia del asesinato de sus hijos. María cae desplomada al suelo, muerta de dolor. Esteban Echeverría concluye su obra con un canto-epílogo en que ensalza la dignidad y valentía sin límites de la heroína argentina.

Echeverría opina: “(El ritmo) debe en manos del poeta armonizar con la inspiración y ajustar sus compases a la variada ondulación de los afectos; de aquí la necesidad a veces de variar de metro para expresar con más energía, para precipitar o retener la voz, para dar al canto las entonaciones conformes al efecto que se intenta producir”. Lamayor variación métrica coincide con los cantos en los que la acción tiene un ritmo más rápido o con aquellos que suponen un clímax tensional dentro del poema.

Nuestro poeta carece de un buen dominio de la métrica: son abundantes las incorrecciones y las soluciones poco brillantes con tal de lograr la rima deseada y la isometría dentro de la estrofa. En La cautiva observamos la tendencia romántica a romper con las rígidas normas neoclásicas que exigían la unidad y concordancia de métrica, tema y tono en poesía. Aunque el poema narra la historia heroica de dos personajes nobles y elevados, predominan los versos de arte menor, de poco prestigio y normalmente empleados para cantar temas populares y de menor importancia: octosílabos y hexasílabos combinados en romances, décimas y sextinas. La escasa presencia del endecasílabo, más adecuado para tratar temas solemnes y elevados, puede deberse no sólo a la rebeldía romántica, sino también a la elección de dos temas que a principios del siglo XIX eran considerados groseros y de muy mal gusto: los indios y la Pampa, tan distinta de la apacible y fértil naturaleza neoplatónica de la tradición clásica.

Por último, quisiera destacar que Esteban Echeverría, a pesar de su ideología liberal y anti-colonial y de su fidelidad a los modelos franceses e ingleses, siente un profundo respeto por la lengua española, cuyas normas peninsulares respeta escrupulosamente. Al contrario que en “El matadero”, relato escrito dos años después y más costumbrista y realista que estrictamente romántico, nuestro autor no utiliza jamás el voseo salvo en alguna extrañísima ocasión, y tan sólo emplea palabras del léxico argentino para referirse a realidades botánicas y zoológicas que carecen de significante en el español peninsular, como el chajá. Llama la atención el laísmo presente en La cautiva, fenómeno lingüístico que tan sólo se da entre hispanohablantes de las zonas más septentrionales de la Penísula Ibérica; la causa puede hallarse en que los padres de Echeverría eran burgueses procedentes de Vizcaya. Así, se trata de un rasgo dialectal de carácter familiar.

domingo, 31 de enero de 2010

Poesía española del siglo XIX, Jorge Urrutia (editor). Madrid, Cátedra, 1995, por Javier Gato


Jorge Urrutia, doctor en Filología románica y catedrático en la Universidad Carlos III de Madrid y anteriormente en la Universidad Hispalense, ha sabido recoger en esta edición publicada por Cátedra los textos líricos que de una forma más certera y completa caracterizan las diversas corrientes poéticas que coexistieron y se sucedieron a lo largo de todo nuestro convulso siglo XIX nacional. La idea más atractiva y útil que Urrutia logra hacer ver al lector de esta antología es que la Poesía, como cualquier otro género o fenómeno literario, no puede ser descuartizada en esa inadecuada tarea de periodización literaria que aún hoy se lleva a cabo en la Secundaria y el Bachillerato y que sólo provoca ignorancia, confusión y desprecio por este sublime arte en los españoles de hoy y de mañana. El Neoclasicismo, el Romanticismo, el Realismo y el primer Modernismo, tal y como se mostrarán en esta antología, no son movimientos artísticos monolíticos, que acaban tan tajantemente como empiezan; más bien, y esta idea debería ser el principal objetivo docente de todo profesor de Literatura española, constituyen sombras inductivas que se ciernen sobre numerosas corrientes y tendencias, organizadas en un gradatum de evolución natural de las ideas estéticas.



Las primeras luces del siglo XIX se derraman sobre una España dominada por un Neoclasicismo tardío e insuficiente, debido en gran parte a la asfixiante presencia de la Inquisición, cuya censura se hizo notar, al menos, hasta 1820. Tras el cultivo ad nauseam de la lírica postbarroca, la corriente rococó de sensuales anacreónticas y la poesía estrictamente ilustrada de Cadalso y Jovellanos, que canta a la filosofía racionalista y al progreso científico, sin olvidar tendencias secundarias (el popularismo de Nicolás Fernández de Moratín, la fábula y demás poesía didáctica, la sátira, la pornografía...), las últimas generaciones añaden a este amplísimo abanico de temas y motivos una cada vez mayor tendencia a lo macabro y lo melodramático, así como la influencia de la poesía atribuida al bardo gaélico Ossián, moda poética que, en Inglaterra, supone el nacimiento del Romanticismo en ese país.


La llegada al trono español de Carlos III en 1759 representa el triunfo de la Ilustración y de su nueva concepción del mundo, que llevaba implantándose muy lenta y dificultosamente desde los inicios de la dinastía borbónica en 1700, así como la consolidación de grupos de poetas que aspiraban a una profunda renovación formal y temática que depurara los excesos barrocos y orientara los poemas hacia la búsqueda de la ética racionalista, la utilidad y el progreso. Dicha renovación, que ya había sido propuesta en la casi desconocida Poética de Ignacio de Luzán en 1737, no se llevará a cabo hasta muchísimo tiempo después y de forma lenta debido al enorme peso de nuestro Siglo de Oro, y consiste, a grandes rasgos, en el rechazo de paranomasias, equívocos, retruécanos, metáforas, hipérbatos y demás recursos retóricos en los que se sustentaba el conceptismo barroco y que pasan a ser considerados de mal gusto. Góngora y Quevedo son despreciados por los poetas, y se reivindica a Garcilaso, a Fray Luis de León o a Herrera, como consecuencia de la búsqueda ilustrada de la sencillez y el equilibrio expresivos. Para ser sinceros, la poesía neoclásica nunca llegó a cuajar más que en reducidísimas tertulias de intelectuales; no se pudo esperar otra cosa de un país sumido en el fundamentalismo católico, el aislamiento y el atraso como era España al terminar la dinastía de los Austrias.


Al iniciarse el siglo XIX sólo quedan, de dichas tertulias literarias, la de Salamanca. En ella, Juan Nicasio Gallego demuestra un claro tono prerromántico: la sencillez ha sido sustituida por la grandilocuencia retórica de su silva “El día dos de mayo”. Estos poetas del último Neoclasicismo vivirán los sucesos de la Revolución Francesa y de la invasión napoleónica. Muchos de ellos sufren el destierro a la vuelta de Fernando VII como castigo por su afrancesamiento, y fuera de España entran en contacto con las nuevas obras románticas, aunque la formación neoclásica que han recibido es demasiado pesada para abrazar la nueva estética. Surge por esta época tardía la escuela de Sevilla, adonde el Neoclasicismo llegará de una forma muy moderada y siempre sometido por el modelo de Herrera. Tan tardía es la formación de esta escuela, que las ideas ilustradas aterrizan en Sevilla convertidas ya en liberalismo político: son muestras de ello el “Apóstrofe a la libertad” de José Marchena y “La persecución religiosa” de José María Blanco White. En estos poemas ya se trata el tema de la revolución social y la crítica liberal al fanatismo religioso con una grandilocuencia y énfasis casi románticos. No obstante, en cuanto al aspecto formal, las rígidas normas impuestas por las preceptivas neoclásicas siguieron siendo obedecidas hasta fines del reinado de Fernando VII.


Aún en 1820, nuestros futuros líricos románticos se inspiraban en el poeta rococó Juan Meléndez Valdés y en Leandro Fernández de Moratín para elaborar sus textos. El Duque de Rivas y Francisco Martínez de la Rosa son algunos de los poetas que escriben dentro de los cánones neoclásicos, pero la experiencia del exilio les posibilita conocer la poesía de Ossián, cargada de renovación estética y de nuevas inquietudes vitales, la de Lord Byron y la de románticos franceses como Victor Hugo, Alfred Victor de Vigny y Alfred de Musset.


Si bien José Zorrilla ya había publicado anteriormente algunos tomos de sus Poesías, no es hasta 1840 que se produce el triunfo definitivo del Romanticismo en la poesía española. Esta fecha viene marcada por las primeras publicaciones en libros de poemas de José de Espronceda, Nicomedes Pastor Díaz, Juan Arolas y Salvador Bermúdez de Castro, presentes en esta antología. Estos mismos poemas ya habían sido publicados en revistas literarias y periódicos varios años antes; las relaciones entre poesía y periodismo serán constantes e intensísimas a lo largo de todo el siglo XIX e incluso en gran parte del primer tercio del siglo XX.


La lírica ossiánica, así como el interés dieciochesco por la edición de códices y manuscritos medievales, son el puente de unión entre la Ilustración y la tendencia historicista del Romanticismo. La Edad Media aparece en muchos poemas de la época, ya sea entendida como una añorada edad heroica en la que los conceptos del Antiguo Régimen, ahora destruidos, nunca eran cuestionados; ya sea como una idealizada época de libertad y aventura opuestas al estilo de vida burgués en la cual los hombres, cargados de virtudes caballerescas, luchan impetuosamente para cumplir su destino. No obstante, un país tan conservador como España habría de dar con el tiempo la razón al segundo sentido, marcadamente más conservador: el medievalismo se utilizó como defensa reaccionaria de las tradiciones españolas más rancias y de la religiosidad más oscurantista y supersticiosa. Los poemas de tema medieval recogidos por Urrutia son “La muerte de un caballero” del Duque de Rivas, “Cantar del trovador” de Agustín Durán, El bulto vestido de negro capuz de Patricio de la Escosura, “La cautiva” y “Cuento” de José de Espronceda, El cristiano de Jacinto de Salas y Quiroga, “La vuelta del Cid” de Eugenio de Ochoa, “El peregrino” de Salvador Bermúdez de Castro y “Oriental” de José Zorrilla.


Otro tema, por el cual es célebre José de Espronceda (“Canción de pirata”, “El reo de muerte”, “El mendigo”, “El verdugo”, “Canto del cosaco”), es la exaltación de personajes marginales y antisociales y la fascinación por ejemplos de libertad absoluta más allá de la moral establecida, la cual no es sino una reacción contra la estricta obsesión neoclásica por la ética, el equilibrio y el orden. La temática social va adquiriendo tonos cada vez más conservadores conforme los escasos poetas exaltados (Espronceda, Larra) van muriendo y la burguesía va ganando revoluciones y asentándose en el poder.


Frente a esta poesía convulsa y conflictiva, repleta de héroes y antihéroes en constante lucha, surge también una corriente lírica que huye de la declamación y grandilocuencia habituales en el Romanticismo y constituye el resultado de un proceso de depuración del exaltado sentimentalismo melodramático propio de la época, heredero de la literatura lacrimógena dieciochesca. Dicho resultado consiste en una melancolía serena, un mayor intimismo lírico y un lenguaje más directo y sencillo, como el que encontramos en Enrique Gil y Carrasco (“Fragmento”) y otros poetas que ya anuncian la posterior evolución de la lírica hacia el intimismo “postromántico” de Augusto Ferrán y Gustavo Adolfo Bécquer.


Muy característica de la época romántica es la composición poética formada por una base narrativa y elementos líricos e incluso dramáticos: la leyenda y la balada. También es típico de esta época el fenómeno del fragmentarismo: los poemas aparecen inconclusos, o bien sólo muestran, de una manera muy impresionista, una secuencia de especial intensidad dentro de la historia en la que se está trabajando. Este fenómeno se vio extensamente alimentado por otros como el periodismo y la publicación por entregas.


Junto a estas tendencias, cultivadas por autores cultos, no olvida Urrutia en su antología la poesía popular anónima, difundida a través de pliegos sueltos y bajo el habitual formato del “romance de ciego”. El poema anónimo “Los bandidos de Toledo” con que se inicia la antología es un perfecto ejemplo de los tópicos más empleados en esta literatura callejera: el bandolerismo posterior a la Guerra de la Independencia, como fenómeno social y como consagración del bandolero en tanto que personaje seductor y pintoresco; y el andalucismo como paradigma del exotismo español. La “Canción del pirata” de Espronceda también circuló durante mucho tiempo en pliegos sueltos.


El gusto por el exotismo de Oriente, alimentado en el siglo XVIII por algunos ilustrados, es muchas veces el perfecto pretexto para exponer situaciones eróticas y, en ocasiones, francamente pornográficas. Frente a esta poesía en torno a la sexualidad se erige la remilgada y facilona poesía que casi todos los poetas decimonónicos escribieron alguna vez en los álbumes de recatadas señoritas burguesas. Esta costumbre, culpable de innumerables epigramas melindrosos sobre tópicos de lo más manidos, se extendió hasta el propio Modernismo.
Reconociendo, como he dicho antes, que el Romanticismo del Duque de Rivas y de Francisco Martínez de la Rosa se halla muy amortiguado por su sólida formación neoclásica, habría que señalar como plenamente románticos a los nacidos en torno a la Guerra de la Independencia (Juan Arolas, José de Espronceda, Patricio de la Escosura) y al primer reinado de Fernando VII (José Zorrilla, Enrique Gil y Carrasco, Gabriel García Tassara, Salvador Bermúdez de Castro).
Del círculo madrileño en torno a Espronceda surge una ramificación septentrional, caracterizada por la melancolía y la nostalgia, la presencia de la muerte y el sentimiento del paisaje cantábrico -rasgos que culminarán en el sevillano Bécquer- y compuesta por los gallegos Nicomedes Pastor Díaz y Jacinto Salas y Quiroga y por el leonés Enrique Gil y Carrasco.


Los poetas nacidos después de 1820 no pueden ser considerados románticos, en tanto que no han vivido plenamente en sus carnes las revoluciones burguesas ni la caída del Antiguo Régimen; sólo se suele salvar de esta criba Carolina Coronado, la más insigne de tantas y tantas mujeres, muchas aún hoy desconocidas, que en esta época comienzan a reivindicar su derecho a la educación y la cultura y a criticar la opresión y violencia machistas que padecen: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Vicenta Maturana, María Josefa Massanés, etc.
Entre 1850 y poco antes de 1900 se extiende, de forma aproximada y sin querer establecer con ello un inamovible periodo cronológico, la segunda gran época de la literatura española decimonónica, que la crítica ha dado en llamar genéricamente “Realismo” a causa de la gran fortuna de que gozaron, en el género de la narrativa y en algunas tendencias del teatro, las técnicas realistas y naturalistas, en concordancia con la objetividad científica que exige el Positivismo no sólo a las ciencias, sino también a las letras y las artes.


La lírica que floreció en época realista también fue influida en cierto modo por dicho movimiento literario, que supone un afán de depurar el lenguaje y el estilo de todos los tópicos románticos, degradados hasta la exageración y el hastío. El primer factor poético que va a cambiar en la poesía española será el tono, que pasa de la exaltación y grandilocuencia retórica propias del Romanticismo a la búsqueda de un mayor intimismo emocional, basado en la naturalidad y en la sencillez, como es el caso de Gustavo Adolfo Bécquer; o, en otras ocasiones, como en la poesía de Ramón de Campoamor, al punto opuesto: el prosaísmo. La burguesía, acomodada ya en el poder y aliada con la vieja aristocracia y la Iglesia, abandona todos los ideales revolucionarios, satánicos y libertarios de su juventud y propicia con esta actitud la creación de poemas de tema claramente conservador y formas métricas deliberadamente clásicas, como los de Gaspar Núñez de Arce (“Las arpas mudas”, “A Voltaire”, “En el monasterio de piedra”).


Como es natural, durante la época del Realismo aún continúan vivos -y activos- gran parte de los poetas románticos ya comentados. De gran interés es la transformación de la poesía de José de Zorrilla, que abandona los poemas dedicados a personajes marginales (“El contrabandista”) y a temas orientales (“Oriental”) para adaptarse al prosaísmo imperante en los tiempos de la I República y de la Restauración, como podemos ver en el extenso poema político “La ignorancia”. También Gabriel García Tassara, nacido en 1817, escribe la mayoría de sus obras una vez pasado el ardor libertario del Romanticismo, por lo que cultivará una poesía conservadora y defensora de Dios y de la tradición (“La tribulación”), que constituye un manifiesto precedente de la poesía reaccionaria de Gaspar Núñez de Arce.


No es del todo correcto, en la mayoría de las ocasiones, hablar, en mi opinión, de “poesía realista”, en tanto que el Realismo fue un movimiento que afectó principalmente a la novela y, de modo complementario, al teatro. Creo más adecuado hablar de tres tendencias principales, sin contar el “post-romanticismo” de Zorrilla: el prosaísmo, el intimismo y la poesía de tesis.
El prosaísmo está representado principalmente por Ramón de Campoamor. Nuestro poeta depuró la lírica de exaltadas idealizaciones, buscando la belleza en las cosas sencillas y cotidianas y expresándola con un lenguaje llano y alejado de exuberancias expresivas. Este nuevo estilo causó furor entre los poetas de la segunda mitad del siglo XIX, hastiados de la altisonancia romántica, y supuso una importantísima renovación formal de la que se benefició toda la lírica posterior hasta la llegada del Modernismo, en que Campoamor fue condenado por sus excesivas llaneza y gazmoñería y expulsado del Parnaso por los nuevos autores.


La segunda corriente, la más interesante y la que ha gozado de mejor valoración hasta nuestros días, es el intimismo, mal entendido (y mal enseñado en las enseñanzas medias) como parte del Romanticismo o, en su caso, como un “Romanticismo tardío”. El intimismo no es, en absoluto, una corriente propia del Romanticismo: el tono se ha serenado, y los ímpetus y euforias ansiosas de libertad absoluta, característicos del Romanticismo, han sido sustituidos por una poesía que no declama, que susurra; y que no se exhibe hinchada de rebeldía y de heroísmo, sino que se recoge en la introspección y explora las sensaciones y sentimientos más delicados. Esta depuración del tono y la forma se ve enriquecida por la influencia de Heine y por un sentimiento popular desnudo de arrebatos nacionalistas y reducido a lo más estrictamente emotivo. De este modo, ya va siendo hora de sacar de una vez por todas a Gustavo Adolfo Bécquer del santoral romántico y de reconocerlo como poeta intimista, como también fue poeta intimista Augusto Ferrán y, sobre todo, Rosalía de Castro. Los antecedentes de esta evolución del Romanticismo al intimismo se pueden ver en algunos poemas de Ventura Ruiz Aguilera (“El alma de un ángel”, “El dolor de los dolores”) y en la obra de Ángel María Dacarrete. Como dije antes, el intimismo va a sobrevivir a las condenas modernistas, penetrando en el estilo de autores del siguiente siglo como Antonio y Manuel Machado, Miguel de Unamuno e incluso Juan Ramón Jiménez en su época modernista.


La poesía de tesis es aquella poesía, ya mencionada antes, en consonancia con el creciente conservadurismo de la vida sociopolítica española de mediados del siglo XIX. Es la tendencia que, con mayor propiedad, podríamos denominar “poesía realista”, pues laten en ella todos los principios del Positivismo y el espíritu reaccionario de la época a través de sus poemas filosóficos y sociales, de fuerte crítica a todo intento de progresismo, y elaborados con técnicas predominantemente narrativas y descriptivas, como si se trataran de novelas. Por debajo de estas tres grandes tendencias, florecen algunas otras de importancia menor pero de sumo interés para hacerse una idea de la sensibilidad del periodo que nos ocupa.


La escuela neoclásica de Sevilla ha dejado de producir poetas desde hace mucho tiempo; sin embargo, el auge del conservadurismo en la política de la burguesía española resucita algunos de sus rasgos en poetas andaluces como Juan Valera, defensor a ultranza de la religión y de las buenas costumbres y buen amigo del tono equilibrado y sereno en sus composiciones líricas. El filólogo Marcelino Menéndez Pelayo, erudito conservador donde los haya, cultiva un profundo horacianismo al que se puede seguir la pista a través de una serie de odas y epístolas de clara inspiración griega y romana. El tópico horaciano del tempus fugit, del rápido e irreparable correr del tiempo, aparece en el soneto “Roma” de don Marcelino, sabiamente recogido por Urrutia en esta antología.


Como resultado del éxito que tienen en este momento en las salas españolas el género chico y el teatro breve, caracterizados por argumentos de enredo frívolos y burlescos y por personajes esterotípicos que invitan a la carcajada, nace una poesía humorística que renuncia a toda pretensión de sublimidad para limitarse a sacar sonrisas y colores al lector. El poema “Morir habemus”, en que el tópico del tempus fugit es desarrollado por la descripción chistosa de elementos cotidianos de lo más vulgares, y el chascarrillo racista “A una negra”, ambos de Manuel del Palacio, ilustran perfectamente los objetivos y recursos de esta corriente.
La omnipresencia y éxito del prosaísmo fomentaron la creación de una poesía llamada “hogareña”, en la cual los temas giran en torno a los objetos y experiencias más estrictamente caseros y cotidianos. Fueron bastante célebres los lúgubres poemas de Federico Balart, conocido por público y crítica como “el poeta viudo”.


La poesía de tesis, “realista”, era la corriente que cantaba el triunfo de la ciencia y del imparable progreso tecnológico del siglo. Pero tras ésta, y con una actitud opuesta al optimismo cientificista, nace una tendencia lírica angustiada por la velocidad con que Occidente está progresando, asfixiada por el auge de la tecnología, y que ya anuncia el pesimismo existencialista que desembocaría en la rebelión del Modernismo y, más aún, de las Vanguardias. Joaquín María Bartrina, en sus poemas “Madrigal (?) futuro” y “De omni re scibili”, observa con cierta ironía y mucho recelo la cada vez mayor hegemonía de las ciencias exactas y naturales sobre el resto de disciplinas, las artes y los sentimientos.


No quisiera concluir esta ya demasiado larga reseña sin mencionar a dos poetas de la última década del siglo XIX que producen su obra en pleno Modernismo: Vicente Medina y José María Gabriel y Galán, cultivadores de la poesía dialectal. La poderosa influencia de la vertiente más folclórica del intimismo, unida al éxito del regionalismo en la novela y en el teatro y al nacimiento de los nacionalismos políticos, dio como resultado un gusto, bastante extendido entre el pueblo, por poemas que intentan reproducir de forma simpática -y muchas veces caricaturesca- los rasgos dialectales más cerrados de las hablas regionales y locales.


sábado, 26 de diciembre de 2009

Reseña de Habrá una vez un hombre libre de Ignacio Escuín Borao, por Eduardo Chivite.


Hace algunas semanas en Las Noches del Cangrejo recitaron Eduardo Boix y Nacho Escuín. A Eduardo lo descubrí hace algún tiempo, porque en las listas de enlaces en los blogs siempre está justo encima de mí, por aquello del orden alfabético. De Nacho sabía por noticias que me llegaron cuando leyó en Cosmopoética hace un año, no lo vi porque yo andaba en el hospital de pos-operatorio. Mientras recitaba, solo tardé dos poemas en saber que la próxima reseña para el blog de Las Noches iba a ser sobre su último libro. Un libro debo decir de esos que por su calidad y densidad no se hace nada fácil de reseñar. Y es que Nacho Escuín es un autor ya de importante trayectoria, ha publicado Profundidades; Ejércitos espirituales; pop; Couleur; y Americana; ha ganado varios premios literarios, y es responsable del ciclo Este jueves, poesía, y de la Editorial Eclipsados, que lleva la friolera de una veintena de títulos publicados, y todo esto se nota.

Normalmente, cuando uno tiene que enfrentarse a un poemario que reseñar, suele ser conveniente buscar información o reseñas de libros anteriores, pero tras leer este libro me he dicho: “¡qué demonios, a ciegas!, se merece el esfuerzo de no decir lo de siempre”. Así que sin más me lanzo ahora al vacío…




El libro se divide en dos partes completamente descompensadas (¡raro!, ¿eh?). La primera a su vez en tres bloques que llevan por título: Tránsito, Luces de la Ciudad y Cuerpos débiles. La última parte del libro trata el tema de la muerte, por el contrario la primera se centra en el asunto de la vida. Podríamos empezar a decir tonterías de esas que se dicen de que si las tres edades del hombre (respectivamente), que si un díptico vida / muerte, y elucubraciones varias. A mí se me antoja, simplemente, que la vida por lo general es más importante y da mucho más de lo que hablar. A este respecto, en todo el poemario gravitan temas que, tengo que decir, me parecen verdaderamente interesantes y propios de la poesía, quizá, precisamente, porque Nacho se pregunta a menudo sobre ello: “Recuerdo con cierta precisión el momento en el que tuve / la certeza de que estas luces merecían un poema”. Merecedores son también cuestiones varias como Lisboa (“aquí y en mi pecho hace frío”), la mujer, la libertad, la debilidad… La poética de Nacho y su idea de lo que debería ser la vida se confunden en algo parecido: “recuperé la vida, eso es, la vida, tal y como te lo cuento”. Contar la vida en un poema no tiene nada que ver con la biografía sentimental o el diario, es más bien “un curioso modo de vivir, una manera distinta de mirar la vida”, que requiere, necesariamente, entenderla como es, lejos de romanticismos absurdos: “una vida de tránsito entre la obligación y la alegría del hombre libre”. La búsqueda de la libertad, como la búsqueda de las luces maravillosas de una mítica ciudad, que el poeta bautiza bajo el nombre de “vientoatroz”, son metáfora del descubrimiento-revelación y de la propia búsqueda en sí, y es que “Vivir así es más entretenido (y valiente, creo)”. La poética de Nacho se manifiesta también como fruto de este ejercicio de valor: “No volveré a escribir poesía oscura (…) ni en este papel ni en mi vida ni en mi cama”, “Lo diré con la inocencia de un poeta primerizo y el espíritu de Rimbaud el africano”, “Las mañanas en la cocina de casa (…) Eso me falta (…) para luego construir el poema más complejo y comunista del mundo. Un poema de todos”.

Un lugar especial tiene en medio de esta vida el tema de la mujer, de hecho, con el poema Una nueva Eva, aborda otra búsqueda: “Busca una mujer que acepte la sociedad en que vivimos”, “a tu imagen y semejanza, huidiza, canalla y fingidora”… anti-dona tan realista como nosotros mismos, curiosamente semejante en tono al Poema acróstico a la mujer perfecta al final del bíblico libro de Proverbios. Eso sí, con el tratamiento propio de este nuestro tiempo: “La dependienta del Zara escribe poesía. / Podría amarla tanto…”, o “No, no quiero un quilo de patatas, te quiero a ti”.



La segunda parte recibe el título de La Espera, que ni decir tiene connota ideas como la llegada de la muerte o de ella misma como la esperada, pero en este caso denota una última llamada de teléfono. El poemario trata sobre la muerte de Lupita y me recuerda irrevocablemente al poemario de Fernando Merlo por la muerte de Nafa (“Nafa murió como morimos todos / su corazón se puso blanco y quieto”), si bien este mucho más lírico, lo que emociona en Nacho Escuín es una dicción y emoción de evidente inmediatez: “Lupita se muere. Su corazón sufrió un infarto / masivo hace exactamente dos días”. De nuevo, manifestando esta conciencia poética de contar la vida, confiesa: “lo único / que hoy soy capaz de hacer es escribir / sobre ella”. Como una idea profunda del libro, hay quien puede “aprender a vivir sin corazón”, frente a los que saben morir con corazón. Así también termina el libro, antes o después “El frío lo inunda todo, ha llegado el invierno”, la muerte, la llamada…



Eduardo Chivite

(Chivi, el poeta clásico).

domingo, 8 de noviembre de 2009

Reseña de NOCAUT de Antonio G. Villaran, también conocido como el Cangrejo Pistolero, por Eduardo Chivite.


Reseña de NOCAUT de Antonio G. Villaran, también conocido
como el Cangrejo Pistolero, por Eduardo Chivite.


Empieza a ser ya un lugar común que los libros de los perfopoetas sevillanos empiecen como el más clásico de los libros de poemas, con un poema prólogo, poética o poema programático. Y efectivamente, de entre todos ellos, el que con mayor motivo de causa puede hablarnos de esto de la poesía escénica, Antonio G. Villarán, alias, Cangrejo Pistolero; conferenciante al respecto en la UNIA; divulgador incansable de todo género de poesía, junto a Daltón Trompet (Nuria Mezquita), que siempre está ahí para llevarle de vuelta a ras de suelo; editores de Cangrejo Pistolero Ediciones; y quién sabe cuántas cosas más, con su nuevo y tercer libro, después de Sois estúpidos y Conductor de nubes, repite este ya obligado menester en Nocaut, décimo primera entrega de la colección Poesía Ilustrada de esta editorial.


El libro comienza así con una Patetipoética, donde el autor nos da desde el principio las claves literarias de este nuevo poemario. Las metáforas del ring, los guantes o el boxeo, parecen un guiño a amigos como Ben Clark, Víctor Pérez, David Moreno o Gonzalo Escarpa. Pero pronto pasa a ser algo más: escribir como luchar, palabras como sangre, escenario como ring… “esteroides y palabras”, “la sangre seguía siendo mía”, “me levante / ajusté mis guantes amarillos / y seguí escribiendo”. Esta posición patética del luchador vencido podría ser solo eso, una anécdota o escusa desde la que escribirnos, pero hoy día, a diferencia de otras épocas, no es la voz del vencedor la que puede hablarnos desde la autoridad; en esta nuestra posmodernidad la derrota puede enseñarnos más, puede tirarnos cosas a la cara, desde allí se le permite escupir y ridiculizar nuestra existencia. El autor se revuelve contra los pesos pesados en un poema donde juega con un título becqueriano ¿Y tú me lo preguntas?, manifiesto performático: la poesía es próxima, anti-elitista, “no es una plumita”; se evade del mero sentimentalismo, se embadurna, “no es agua limpia”; busca ser útil, vitalista, “una mano que te atrapa”. Sabedor de que la lucha aún no ha comenzado llega el poema Round One.

Los poemas de Antonio intentan acercarse al lector como la voz de un amigo que intenta quitar hierro a este modo nuestro tan serio de vivir que unos llamamos poesía, otros competitividad, mundo laboral, familia, escuela… Emociona encontrar en medio de estos poemas verdades como golpes, confidencias de un yo-lírico púgil contra todos, desconocedor a ojos vista del cansancio y otras debilidades humanas, versos como: “Siempre he sido luchador / por eso entiendo a veces / el gesto desesperado / de arrojar la toalla”. Ese “a veces” que denota desde ya una sinceridad poética, que le permite, en ocasiones, como en el poema Tongo, mirarnos noqueado y escupir sangre, contra esta forma burguesa que tenemos de vivir. No siempre encaja uno bien los golpes, así en Golpes bajos reconoce abiertamente que “no hay dolor que duela” como un gancho de mujer fatal, “voy a ponerme / UNOS GUANTES DE CARNE MUERTA / para no ser yo quien te acaricie”. Pero otros golpes nos esperan aún en el combate, algunos los lanza Cangrejo desde el mismo suelo: “Sevilla es una ciudad / de más de un millón de cofrades”, Jipis, Patriotismo, Prometo, Gancho de izquierda. Como en dos espejos superpuestos, ilustrado uno de cantos de sirena y otro de cantos de escarabajos, enfrentados “EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME FALTA” y “All you need is love”. Al final de esta primera parte del libro (bajo el epígrafe que le da título), otra serie de verdades sobre este ring del mundo literario: “Duden, querido público / (…) no se fíen del poeta que da rodeos, / del que no habla claro / (…) y duden / hasta de mí”.

En la segunda parte, Ego Canalla, parodia el arte del soneto con armas similares a las de los mejores poetas satírico-burlescos del siglo XVII, como si enlazase intencionadamente con la tradición de los maleantes ingenios sevillanos (el círculo de Ochoa, o el hampón Alonso Álvarez de Soria) o de la escuela sevillana de la sal (Baltasar del Alcázar, también tan gastronómico). No puedo dejar pasar por alto el poema cuyos primeros versos rezan: “OINK KKMN / MRMRRMRRR / ZZJJHJHJHJH / ZUUUMKKK”, por aquello de su similitud con la poesía fonética o alguno de los poemas fonéticos más irónicos, próximo a la poética del silencio y al experimentalismo lingüístico, de Fernando Merlo, no en balde maestro en la transgresión poética, con poemas como Ostofe . No hay que olvidar que muchos de los poemas de Antonio juegan con realces, tamaño de letra, grafía, versos cortados por motivos de entonación, la disposición de las palabras en el verso, todo ello con una motivación recitativa, performática, que responde a la identificación fondo-forma (res – verba), propia del lenguaje literario. Así puede verse en “me retiras, deliras, deliro, muerdo, muerdo, muerdo, / me resbalo, me s e p a r o”. De hecho, las publicaciones de Cangrejo Pistolero Ediciones denotan esta preocupación por el cuidado editorial, la edición de autor, la ilustración, la variedad de tintas, la calidad de materiales o el libro de arte.

En la tercera parte, Perro Oeste, destaca la serie Declaración de intenciones. “Toda esta poesía es Morata (…) ha menester endulzarla”, dice Francisco Cascales de la sátira barroca, y no sé por qué sí, por qué no, voy yo y me acuerdo de esto, así y ahora… (¡ja!). En la última parte del libro In vino veritas vuelve a gritarnos “verdades entre burlas”, endulzadas de vino en apariencia, bien claro lo deja en el primer poema: “Y no hablo de vino”. En esta misma índole de cosas le pregunta a cierto oráculo infalible: “¡QUÉ SE NECESITA / PARA HACER / BUENA POESÍA!”, que le responde “¡FLECHAS!”. Aquí y allí saltan poemas breves como aquellas balas poéticas, flechas que juegan a la contradicción, haikus modernos: “Cuando tú me muerdes el corazón / yo me muerdo las uñas”.

Quizá con todo esto lo que persigue el poeta sea, como nos dice: “encontrarme conmigo mismo”, “que te sigan brillando los ojos”, o “podremos al fin hacer algo”. Al final del libro, como el que sabe guardar el mejor vino para después, están algunos de mis poemas preferidos: “Después de la muerte”, “Si me muriera yo”, Buzón de sugerencias, “Mi casa se llama piso”. Poemas donde el tema de la muerte hace presencia, puede que como derrota final, o como nuevo comienzo, y nos deja su testamento y un más que curioso y simpático epitafio. Seguramente la campana sonara, pero él ya estaba en el suelo, y no creo que la escuchase, alguien tiró la toalla, sí, pero para entonces, estaba fuera de combate, NOCAUT.

Eduardo Chivite (el poeta clásico).

martes, 3 de noviembre de 2009

Duque de Rivas, Don Álvaro o La fuerza del sino, por Javier Gato


Duque de Rivas, Don Álvaro o La fuerza del sino,por Javier Gato

En 1835, cinco años después del escándalo que produjo en París el estreno del Hernani de Víctor Hugo y la consiguiente disputa entre neoclásicos y románticos, la escena española acogía el que sería el primer drama puramente romántico de nuestras letras: Don Álvaro, o La fuerza del sino, escrito por don Ángel de Saavedra, duque de Rivas. Esta revolución estética en el arte dramático español quedaría totalmente consagrada un año después, tras el estreno apoteósico de El trovador, del gaditano Antonio García Gutiérrez.
La primera versión de Don Álvaro o La fuerza del sino fue redactada en Tours en 1832. Esta primera versión estaba en prosa y fue elaborada con un objetivo puramente lucrativo por parte del duque, que pretendía aprovechar la devoción que se profesaba en París hacia semejantes obras de teatro. Una vez traducida al francés fue entregada a Prosper Merimée, autor del relato Carmen, para que lo hiciera representar. Los resultados no fueron fructíferos, por lo que el drama tuvo que esperar hasta 1835 tras ser sometido a una completa reelaboración, que incluía la versificación de gran parte de sus escenas y una mayor dosis de lirismo. Si bien no se cosechó un éxito inmediato, Don Álvaro alimentó una viva polémica teatral y poética que con el tiempo convirtió a esta obra en símbolo inequívoco de nuestro Romanticismo nacional.
La trama ahonda sus raíces en leyendas populares de la Córdoba natal del poeta, posiblemente descubiertas en su niñez. No obstante, hay una poderosa intertextualidad a lo largo de toda la obra que nos indica el influjo de obras clásicas como La gitanilla de Cervantes (el personaje costumbrista de Preciosilla en la primera escena), La vida es sueño de Calderón de la Barca o incluso la novela de Merimée Las almas del purgatorio.
El prurito de naturalidad que caracteriza al Romanticismo es el responsable de que las unidades pseudoaristotélicas, sagradas durante el Neoclasicismo, se transgredan en favor de una estructura en que la acción se halla fragmentada y dispersa a lo largo de varios años y de geografías muy dispares.
Resulta muy interesante el toque costumbrista que aportan los muchos cuadros presentes en la obra, como el grupo de sevillanos al pie del puente de Triana, los clientes del mesón, los vagabundos pidiendo comida a la puerta del monasterio o los soldados que juegan a las cartas. Aparte de dicho toque costumbrista tan grato al gusto romántico, estos grupos humanos cumplen casi la función de coro, aportando indirectamente con sus conversaciones información adicional sobre la trama. Estas escenas contrastan sabrosamente con los largos, ampulosos y exaltados parlamentos de los protagonistas. Otro contraste, en absoluto menos transgresor, reside en la mezcla de elementos cómicos y hasta grotescos con otros trágicos y graves, mezcla recomendada por Víctor Hugo y, en nuestras letras, por el propio Lope de Vega.
El conflicto social que da pie al drama tiene su origen en el propio nacimiento de don Álvaro, tan sólo insinuado en algunos momentos de la obra hasta el desenlace final. Nuestro héroe es un caballero mestizo, hijo de un noble español y de una princesa inca que alían sus fuerzas en el Virreinato del Perú del siglo XVIII para derrocar a la tiranía metropolitana, recibiendo un severo castigo. Este turbio y oscuro pasado hace recaer sobre él los ataques discriminatorios racistas y elitistas de la rancia aristocracia sevillana, a la que el marqués de Calatrava y sus hijos pertenecen. Aunque de orígenes nobles e incluso regios, Don Álvaro sufre en sus carnes el desprecio que la aristocracia española del Antiguo Régimen dispensaba a los burgueses, que ya en el siglo XVIII amenazaban seriamente el inmovilismo social de los estamentos. Don Álvaro o La fuerza del sino se convierte así en metáfora (románticamente excesiva y tremenda) de la lucha de clases que, en tiempos del duque de Rivas, seguía enfrentando a liberales y a defensores del Despotismo ilustrado: el mensaje que quiere transmitir el por entonces liberal duque de Rivas es una denuncia burguesa de los abusos de la rancia, orgullosa y empobrecida aristocracia española.
No quisiera terminar mi reseña sin hacer mención del tan traído y llevado asunto sobre el verdadero significado de esa “fuerza del sino” a la que se refiere el subtítulo. No hay acuerdo entre los críticos sobre si el destino implacable que azota a don Álvaro tiene que ver con el acaso inexorable de la tragedia griega, escrito y sellado y ante el cual el hombre y aun los dioses sólo pueden resignarse; o si más bien se trata de un destino en consonancia con los valores cristianos del libre albedrío, con lo cual la responsabilidad sería de los personajes.
No obstante, la gravísima fatalidad que arrastra a todos los personajes hacia la desgracia más extrema se desencadena por una casualidad tan ridícula como una pistola que se dispara sola al caer al suelo, matando al marqués de Calatrava: ni Don Álvaro, ni los demás personajes, “tienen la culpa” de la negrísima cadena de azares y desventuras que los conduce al dolor, a la locura y a la muerte. Este destino cruel e inexorable, en el que no cabe la piedad y la redención, suena como un lamento por la injusticia cósmica y por la ausencia de Dios, lamento que un siglo después con el existencialismo llegará a helar la sangre.
Por otra parte, sería preciso romper una lanza a favor de la tesis del sino como destino cristiano compatible con el libre albedrío: lo demuestra el salto al vacío de Don Álvaro, que en su libertad individual decide dar fin a sus infortunios con el suicidio. Este elemento temático, plenamente romántico, está lleno de nihilismo y de rebeldía y reserva para el héroe del drama la última palabra sobre el desenlace de la historia.

jueves, 29 de octubre de 2009

Reseña de Diario de un gato nocturno de Javier Gato, por Eduardo Chivite.


Reseña de Diario de un gato nocturno de Javier Gato, por Eduardo Chivite.

Javier Gato es más clásico que yo. Vamos, es como una catedral construida en distintos periodos artísticos, a veces gótico flamígero, y otras románico tardío. Tiene su poesía el sabor de un totum revolutum: el olor del Decadentismo literario, la línea zigzagueante del Barroco, la estilizada carnalidad griega tras del tufo parnasiano. Ya en el primer poema del libro Génesis trae ecos lejanos, el tono de un cuentecillo cual Boccaccio, la imaginería de William Blake en El Viajero mental[1], o a Mary Shelley y su nuevo Prometeo. Como si de algo muy antiguo nos hablase, el poema Nana del chapero, Balada del camello o Crak traen por momentos a nuestro oídos sensaciones de leyenda, quizá, interiorizada lectura de Edgar Allan Poe. Los gatos de Baudelaire recorren Escuela de gatos, y saltan por entre los poemas del libro sin ser esperados: “El gato se acercó sumisamente”, pero “la curiosidad puede matar al gato”. El título del libro se asemeja a Diario de un poeta recién casado, remite a las composiciones de “nocturnos” del Romanticismo, o se manifiesta como un verdadero diario lírico, blog poético, libro de viajes a la noche, descenso a los infiernos. Autobiografía donde voz narrativa y personaje se confunden, porque “el gato” es un animal poéticamente decadente, dandi, y algo maldito; conocedor de lo inquietante de su mirada, que admira y se reconoce en Leopoldo María Panero: “Sí: / somos nosotros / los que estamos en la cárcel”.



Acierta de lleno Elena Medel en el epílogo del libro cuando dice que apunta maneras de Pablo García Baena, o define el libro como una opera prima dura, incómoda y carnal. En el prólogo María Eloy-García habla del exorcismo-catarsis en el momento de contar. ¡Buenas madrinas! Ténganlo presente, nos enfrentamos, señores, a los fantasmas del rey de la noche. A Javier Gato los títulos en latín le delatan, se vuelve manierista con formas medievales como las baladas y albadas, o danzas macabras donde contrahace (contracultas, dice él), trovadoresco a modo de glosa un “cantarcillo house popular”; y plantos que helarían a Jorge Manrique, enigmas de entretenimiento cortesano y neo-pánicos cantos de sibila.

Ovidio en su Metamorfosis cuenta que al principio solo existía el Kaos, luego llegó Eros, el orden (cosas de la etimología). En el Renacimiento esta demiúrgica cosmogonía se traduce en un enfrentamiento “erótico” entre el furis amoris y el amor neoplatónico (locura / amor). Javier Gato en una contaminatio nocturna los identifica: caos igual a amor, igual a sexo, a muerte, oscuridad, caos igual a fuga mundi. En el microuniverso de la discoteca Ítaca, dj.MAE es el dios Apolo; ménades maniáticas, musas danzantes, bacantes orgiásticas, odiseos lotófagos, pueblan la mitología a altas horas de la madrugada: Mister CNX, Azahara Tamarguillo, Mary Joe, Amy, Lourdes, Marta la Malagueña. Horas en las que el gato se mueve como un caballero andante adversus sensu, un quijote vampírico, que se oculta con la salida de la Aurora (personificación mitológica del día). El barroquismo de Javier Gato responde al horror vacui del sinsentido de nuestra posmodernidad, su decadentismo a un apolíneo deseo de llenarlo. Pero no se queda este libro en una apología o llamada al desorden moral, cada poema sabe la verdad, edípicos, conocen de sí mismos su destino: “Pensé que, seguramente, / dentro de veintitantos años / yo también estaría como Mary Joe, / y quise morirme”. Y yo, yo también, como a Gato ahora le dé por Arrabal, o Lautreamont.



Eduardo Chivite (el poeta clásico).

[1] “y si el recién nacido es varón, / a una anciana mujer es entregado, / quien lo clava tendido en una roca, / y en cáliz de oro acopia sus chillidos. / Ciñe espinas de hierro a su cabeza, / tanto sus pies horada cual sus manos, / le arranca el corazón y lo destaza / para sentirlo gélido y caliente. / Sus dedos enumeran cada nervio / igual que un avaro su oro cuenta; / vive ella de sus gritos y alaridos, / si ella rejuvenece, él envejece”.

sábado, 24 de octubre de 2009

Reseña de Biografía impura de Juan Cobos Wilkins, por Eduardo Chivite


Reseña de Biografía impura de Juan Cobos Wilkins

¿Qué duda cabe de que Juan Cobos Wilkins “sabe jugar al vocablo”? Siempre me ha parecido que es obligación de todo buen poeta conocer la Historia de las Palabras, si existiese una facultad de Poiesiología, debería ser una de las troncales y darse en varios cursos. Juan Cobos comienza ya en el título, ¡vaya dos palabritas! La palabra “biografía” es una de las constantes de la Literatura. Uno de esos conceptos que se mueve como Pedro por su casa en el terreno de la ficción literaria. Ahora mismo me trae a la memoria: Historias verdaderas de Luciano de Samosata, Vidas paralelas de Plutarco o las genealogías de los césares y distintos semideos. E igualmente en el terreno del realismo literario, las autobiografías fingidas de Lazarillo, los falsarios y otros tantos pícaros… y menos literario, Leonor de Córdoba, el género del diario o la epístola. Lo de “impura” también tiene lo suyo, toda la poesía moderna cabe distinguirse en la tensión que se genera entre el binomio “pura/impura”. La poesía pura anda de manos de Juan Ramón Jiménez: el minimalismo lingüístico, la forma exacta, y el sentimiento elevado. La poesía impura corre (que no anda) de manos de Neruda, donde se mezcla vida-ensueño, deseo con realidad, forma y música.



La Biografía impura de Juan Cobos se asemeja a la autobiografía emocional de los canzioneri petrarquistas, que la poesía de la experiencia ya recuperó desde una “nueva sentimentalidad”. El yo-lírico de Cobos Wilkins no obstante se disfraza, se mira desde fuera, no habla de sí mismo, y sí habla de sí mismo, y de cualquier otro; y deja espacio para que, como suele decirse, nosotros los lectores “habitemos el poema”. Él habla del niño, del adolescente, del joven, y de un poeta. Estructura que precisamente vertebra el libro. Me gusta, porque parece que ha escrito un solo poema con cuatro partes. Uno puede imaginar que habla siempre del mismo niño, y que ese niño crece. ¡Vaya! Pues, lo de “biografía”… va a ser por eso ¿no? Pero no crean que estas dos palabras casan de cualquier manera, porque lo de impura es casi como decir emocional, fingida, poética, mezcla de verdad y de mentira, trasunto sin trasunto… Los poetas impuros no cuentan su vida, cuenta desde su vida, y no literaturalizan su existencia, pero saben engañarnos, porque el poeta es ese finguidor que nos decía Pessoa1.

Cuando me presenté en el despacho del Jefe de Estudios de la ESAD de Sevilla como el nuevo profesor, la conversación giró repentinamente hacía la poesía. “¿Eh? ¡Sí! Sí, escribo… ¡vamos, lo intento!”, dije, consciente de que mi interlocutor era Alfonso Zurro. “¿Conoces a Juan Cobos Wilkins?”. La primera vez que oí hablar de Cobos Wilkins fue en Punta Umbría, hace mucho tiempo; luego leí algún poema suyo en un par de antologías, que tuve el honor de compartir con él (salimos cerca por eso del orden alfabético). Me marché del despacho de Zurro con la idea clara de que Alfonso se decía mentalmente eso de “este muchacho no tiene ni idea”, y ahora que lo he leído, yo también hubiese pensado lo mismo. Por fin, mi amiga Siracusa, fan indiscutible de Juan Cobos, me dijo, alargándome un ejemplar de Biografía impura, “toma, lee solo el poema de la contraportada”. Y así llegue hasta aquí…

Se abre el libro con la única cita presente: “Antes que el tiempo muera en nuestros brazos”. Nada más y nada menos que Fernández de Andrada, genealogía valiente y difícil esta del horacianismo de la escuela sevillana. Se deja notar claramente en sentencias llenas de pasión y de equilibrio: “Un niño mira sombras en la pared. Ignora / aún qué es sombra”, que él mismo es sombra; o “Un adolescente lee a Ovidio”, el Ars amandi, “en un susurro, como aprendiendo a hablar”, descubriendo con los años “que quien contempla la belleza / hereda la conciencia de la muerte”. La fabulación de la infancia en versos como “volar / no es imposible, las alfombras de Bagdad lo hacen; / (…) ninfas que son eco, / (…) unicornios, / centauros, cíclopes”, que buscará de joven en sus viajes, tienen resonancias del venecianismo en los Novísimos. El adolescente y el joven tropiezan, encuentran, descubren un amor con ecos de lecturas de Kavafis, García Baena, o esa idea clásica de la pasión entre iguales, un “Amor tan blanco para el desnudo a solas con el alma”.
Finaliza el libro como un catálogo de cosas que hacen o deben o no deben hacer los poetas: “Un poeta no debe en primavera / cruzar solo la tarde de los parques”. Un poeta debe recordar la música paterna, la imagen de su madre, los “restos / de amor usado ya en la tierra”; parece que Cobos Wilkins, o que los poetas deben recorrer la vida cuando escriben: el joven desamor, la muerte adolescente, “el silencio o sexo de un poema”. Sueña, o necesariamente sueñan, como un niño, con mapas secretos, alfombras voladoras, azules mares, “biografías tan puras”.

Eduardo Chivite (el poeta clásico).

1- O poeta é um fingidor. / Finge tão completamente / Que chega a fingir que é dor / A dor que deveras sente.

jueves, 15 de octubre de 2009

Reseña de Indigesta de Siracusa Bravo Guerrero, por Eduardo Chivite


Reseña de Indigesta de Siracusa Bravo Guerrero

Cangrejo Pistolero Ediciones saca nueva colección, los “Cuadernos caníbales”, y hoy, 14 de Octubre de 2009 en el centro cívico La Casa de la Sirena en la Alameda de Sevilla, se presentaba oficialmente. ¡Ah!, y mañana, en el Perro Andaluz a las 22:00 horas (vamos, hoy, porque ya es de madrugada). El primer “cuaderno”, que de cuaderno tiene el nombre solamente (¿cómo se las gasta Nuria y Antonio en esto de editar?), es el Nº 0. Siracusa saca así su primer libro, detrás: años, lecturas, intentos, poemarios, antologías, recitales. Uno de esos poetas que saben desde el principio que para esto de escribir hay que empezar por aprender, de esos poetas que se esfuerzan por escribir un buen primer libro, y de esos que saben que un primer libro no deja de ser pese a todo, eso: lo primero que uno hace. La verdad, ahora, y espero que cuando lea esto no le dé un “yuyu”, empieza, porque eso, eso también lo tienen los primeros libros.



Confieso abiertamente, sí, no me queda remedio, que Siracusa es mi amiga, y algunos de ustedes pensaran que ¡vaya!, ¡claro, así seguro que la pone bien!. No la conocen ustedes, ¿verdad? Ufff… la que me espera si detecta la más mínima dulcificación en la crítica, o un punto de vista así como pasado por alto, o… no saben de verdad, el lío en que me estoy metiendo, porque si algo tienen los verdaderos amigos nuevos poetas es ganas de que sus verdaderos amigos menos nuevos poetas le digamos la verdad, pese a quien pese. Así, que empiezo por lo malo: NO ES UN LIBRO INCREÍBLE. Pero hay cosas que me gustan, algunas mucho; otras me sorprende en un primer libro… ya, ya sé que he dicho eso antes, pero a veces cuando se hacen reseñas, o cuando leemos, o cuando las cosas de la literatura tienen tanto eco como Las Noches del Cangrejo, se las juzga y se espera de ello más, mucho más, muchísimo más… y eso, señores míos, es injusto, mezquino, e impropio de la objetividad a la que me veo obligado. Ya me gustaría decir lo que mi corazón siente cuando leo este libro. No voy a decirlo.

El poemario se estructura como si fuese un menú o una comida: entrantes, primer plato, segundo plato y postres. Tranquilos, que no voy a hacer un comentario de texto en alas de la objetividad. Esto de los poemarios con hilo conductor para las reseñas es cojonudo, se pone uno en la mentalidad “esqueleto de la trama”, y ya del tirón. Flaco favor, para un libro como este. Pero no deja de llamar mi atención, porque normalmente los poetas primerizos escriben un primer poemario de poemas sueltos, donde no hay una intención clara de libro o una conciencia clara de su “yo-escritor”, que es como el sarampión, también se pasa. Y será cosa de la deformación, o de que estos perfopoetas son más clásicos de lo que se imaginan. Pero el poemario empieza con una cita de Leopoldo María Panero que responde plenamente al poema-prólogo al libro o al lector a la manera de Marcial, como si de una salutación propiamente se tratara. El primer poema dialoga claramente con la cita, y en el primer verso del libro “Y estas ganas de llorar que ahogo”, me trae a la memoria la retórica petrarquista de las lágrimas: a Garcilaso de la Vega “Salid lágrimas corriendo”, o a Diego Hurtado de Mendoza “Salid, lágrimas mías, ya cansadas”. El detonante de este llanto (“planto”, “canto”, “plañidera”, ¡lo qué me gusta la ciencia etimológica!) es “todo el amor que me trago / todo el amor que no quieres”. Sí, señor, ¡viva el Petrarquismo! Una comida que se nos indigesta, porque nos comemos mi “amor que no quieres”, ¡coño!, ¿no va sentarnos mal? Y esta vez Garcilaso pasado por Neruda, “cuando no miras te escribo” (¡Sira, quilla, qué pedazo de verso!), que tiene un eco semántico a Salinas, esa “voz a ti debida”. La negación, como una de las cinco fases psicológicas ante la certeza de muerte, “ni oler-te / ni oír-te / ni ver-te”, con el consabido tópico de los cinco sentidos.
Confieso que la poesía femenina a veces me despista, no la comparto, o simplemente no me gusta: lleno de llanto y dolor y sentimiento desgarrado; ese lenguaje de entrañas, que tan insuficiente parece para expresar a veces el daño femenino en este mundo. Dice en un verso: “palabras lo suficientemente afiladas”, mas lo intenta, las busca, las inventa; el poemario se endurece, está salpicado de palabras normales, de hoy, de andar por casa, de barrio, que rompe, metamorfea; palabras rodeadas de lecturas, de versos trabajados, y a veces también de necesaria sencillez: “No hay olor de cereza en mí”. Este lenguaje de verdad sí que lo entiendo. Por ejemplo: “para no quererte yo”… o a veces amenaza, “¿Y si al mirarme / te lluevo?”… y otras se esconde, “pero nunca estás para aderezarme”, que no para abrazarme, o sí, o qué se yo, si silencio, si vacío.
Como una cena que sale mal, el segundo plato es una gradatio de rabia donde la lluvia del principio se vuelve de granizo, de besos de hielo, en vómito, gelifracción, astillas heladas. Aceptación: “ver el miedo en tus ojos”. Superación: “No escribo para ti, ni por ti” (¿quién dijo “voz a ti…” qué?). Y afirma: “seré poeta, / mejor, persona”. Ya lo decía Horacio, para ser mejor poeta hay que ser mejor persona, que no al revés, y sí, ya, ya sé que hay quien piensa que esta máxima es errónea, poco científica, o que la vida demuestra lo contrario… y sé que hay incluso quien cree saber más de esto que el viejo Horacio.

Los postres son como pequeños toques de alegría detrás de lo que del desamor queda, como bailes, juegos a veces performáticos, otros visuales, un grito… Y el último poema es la guinda. Tras del índice, un poema epílogo, y en él uno de esos versos que definen el extraño esfuerzo de escribir: “adiestro dragones en el arte del escu(l)pir”. Porque Siracusa a veces un poco borde escupe versos, que también esculpe, sabedora de que no puede solo vomitar palabras. En la solapa de la contraportada, el después del después, naturaleza obliga, así son la indigestiones… Se vuelve escatológica (transcendental o lo contrario), en un epigrama que, como muchos de los poemas de este libro, me callo; será cosa de aceptar la invitación. Pero a mí me recuerda a Fernando Merlo cuando escribe: “Porque soy poeta / hasta cuando cago, / os doy un poco de mierda / la demás, para mí”. Aún en la contraportada, como si el corazón pinchado en un tenedor —motivo gráfico de la edición— intentase seguir latiendo, un poema-aviso, guiño del editor: “No / se admiten devoluciones”, el/la poeta no tiene “tiempo para enseñarte a leer entre líneas”, ni yo ya tampoco, son las 4:31, y mañana tengo clase (soy el profe).
Eduardo Chivite (el poeta clásico).