sábado, 3 de abril de 2010

Teoría y Mística de la creación poética en Laura Rosal, por Javier Gato


Este artículo analiza la estructura temática del primer libro de Laura Rosal, columnista de Sevilla Actualidad, 'También mis ojos' (Sevilla, Cangrejo Pistolero Ediciones, 2010), y se centra en un aspecto muy concreto: en su paralelismo con temas y motivos presentes en la literatura mística española.

Javier Gato. Sorprendido me quedé al leer la nueva publicación de Cangrejo Pistolero Ediciones, También mis ojos, escrito por la jovencísima Laura Rosal.

Sorprendido de que haya quienes se quejen de la poesía que actualmente se escribe, deseando con todas sus fuerzas que no se hable de ella dentro de veinte años -habrá que ver, por otra parte, lo que escribe esa gente, o si se atreve a escribir, para comprobar el fundamento de su actitud de tirar la primera piedra-. Sorprendido, también y sobre todo, de que la propia Laura Rosal, en ocasiones, haya declarado no tener ni idea de por qué escribe, ni de cómo crea, ni de qué es la Poesía. Y es que el texto que van a tener entre sus manos es un puro ejercicio metapoético: También mis ojos no tiene otro tema que la Poesía en sí y la relación de la poetisa con dicha fuerza insondable.



La estructura formal del libro se divide en cuatro partes: 'La extranjera', 'En la noche oscura', 'Sangra luz' y 'También mis ojos'. Enumeradas estas partes, cabría pensar, como señala muy acertadamente Andrés Neuman en el preludio, que el libro nos expone la peregrinatio vitae de la voz lírica, extranjera en un mundo que no le pertenece ("No es mío este jardín") que huye de sí misma, corre, se abandona en la noche. En esa "noche oscura", silenciosa, que no es sino "el poema que no escribo", se sumerge la poetisa y, en esa quietud del alma se hace por fin de día: la luz se desparrama, "sangran" rayos sobre sus ojos (metáfora de su alma), que en ese instante comienzan a ver no ya este mundo, "árboles torcidos", sino otro, trascendente e infinitamente más resplandeciente: el mundo de la Poesía.

La poetisa vive desasosegadamente, en un ir y venir entre este mundo, vulgar y sucio (una "ciudad dormida"), y el reino de la Poesía, de lo absoluto, de lo inefable. Cada vez que por fuerza debe descender a este mundo nuestro, cuyo vino -símbolo de lo sensual por excelencia- no la salva, la voz lírica regresa de su nomadismo "como un animal herido"... Cómo nos recuerda este verso a aquel otro, quejumbroso de la ausencia de Dios (otro nombre, en fin, como podría serlo el de Poesía, para lo Bello, Bueno y Verdadero), que exclaman los labios de San Juan de la Cruz: "Como el ciervo huiste habiéndome herido".

Y con esta comparación me acerco al punto principal de este artículo: la teoría de la creación poética que Laura Rosal nos propone en su libro, camino errabundo de perfección a través de la noche y en pos de la iluminación poética revelada a sus ojos, se asemeja sorprendentemente a las tortuosas vías que los místicos de nuestro Siglo de Oro atravesaron para alcanzar lo Absoluto. La experiencia poética es sentida por Laura Rosal con la misma intensidad y arrebato que los poetas ascéticos y místicos.

La poetisa es una extranjera en este mundo sensible y de vanas sensualidades -el vino, las magnolias y tantos otros símbolos de sus poemas-, del cual desea huir a cada momento con "la sensación de llevar alas en la espalda". Este huir de la "casa de la sensualidad", que diría San Juan de la Cruz, identificable con la vía purgativa de la Mística, se corresponde en el proceso de creación poética con el extrañamiento, la imprescindible necesidad de desautomatizar el lenguaje y de realizar un desvío lingüístico a fin de alcanzar el efecto estético. Una vez trascendidas las realidades de este mundo; hecha la comprobación de que "el vino no me salva" y de que el mundo sensorial se compone tan sólo de "ventanas sin respuesta", la voz lírica se atreve a asomarse al abismo de su propio yo, a la noche y a la quietud en la cual surja la chispa de la inspiración que ilumine el mundo con nuevos matices y aporte respuestas a los grandes enigmas que intranquilizan a la autora.

Pero la quietud que nuestra poetisa exige de la noche oscura de su alma es muy peculiar. Hastiada de no hallar respuestas, escéptica respecto de los valores morales de nuestra civilización (simbolizados en "las ciudades" y "la luz blanca que desprenden los niños"), Laura Rosal no busca una poesía complaciente, dulce, brillante como las estrellas que, minúsculas o mayúsculas, son al fin y al cabo estáticas. Nieta de las Vanguardias, la Rosal desconfía de las presuntas respuestas que se hallan en el seno de la ataraxia, y acepta el vivire pelicoroso, la poesía como terrible y desgarradora aventura: en palabras de la jerezana: "la concupiscencia apática de las tormentas". A sus veintiún años, ya sabe que buscar respuestas -y aun el encontrarlas- no es nada agradable; el oficio del poeta es, ni más ni menos, que "correr descalza fría y húmeda".

Por fin, el silencio desciende al interior de la poetisa "como un párpado/que muere", pues ya no se siente parte de la vulgaridad de este mundo, sino presa de otro inexplicable, viva en éste y muerta para aquél. "Cuando la piel supera los límites del vértigo", es cuando Laura Rosal concluye la vía purgativa y entra en la iluminativa, cuando empieza a caminar "sobre el fuego". Pero repasemos un poco mejor lo que precede a la Luz, esa "noche oscura" de la segunda parte.

Es de noche aún, porque la poetisa aún no está madura para abrir ventanas y hallar respuestas. Porque, como dijo Alejandra Pizarnik, "la luz es demasiado grande para mi infancia". En este desordenado ir y venir, Laura nos expone fotografías de momentos muy diversos del proceso místico de la inspiración. Comienza la segunda parte con la añoranza de una anterior inspiración, ahora perdida y buscada con impaciencia. Ya está muerta la autora. Ahora, sólo existe la poetisa. De ahí que la voz lírica confiese a la Poesía, con un fuerte regusto a Santa Teresa, que "no sé mirarte sin muerte". La vía iluminativa ha dado paso a la vía unitiva: "Ahora ya no sé distinguir entre/tu respiración y la mía". Pero esta inspiración pasó y ahora se encuentra de nuevo en el punto de partida, a oscuras, sollozando de impaciencia en el seno de la noche del alma por la frialdad de la aurora que aún no llega. Melancólica, la voz lírica sólo puede añorar la ausencia de la Poesía ("delinear tu sombra"), lamentarse como hace cinco siglos se lamentaba San Juan: "¿Adónde te escondiste,/Amado, y me dejaste con gemido?".

Muy interesante me parece la revisión de la teoría platónica del arte en el poema "La piel sobre la piel sobre la piel". Para Platón, el arte es un reflejo mimético de las cosas sensibles, reflejo a su vez de la Idea, y por tanto doblemente deleznable y falso. Sin embargo, Laura Rosal defiende románticamente el arte, y si bien la Idea es piel y la cosa es hiel, el poema es superior a ambas: es miel. Esta es la idea que vamos anunciando "esclavos fugitivos" (¿de la caverna platónica?), los poetas, esclavos en "las noches a escondidas" ("a oscuras y en celada", que diría aquél). El arte poético se revela como la más eficaz herramienta para llegar a la Idea, para cruzar "el espejo líquido/su mar de mentiras". De nuevo, Platón y el mundo como espejo que refleja falsamente la Idea.

Finalmente, "sangra luz" y la poetisa puede ver con sus ojos, metáfora de su alma, lo absoluto. Sin embargo, plasmar esto en el poema, en la fotografía, en el drama (disciplinas cultivadas por la renacentista Laura Rosal) se convierte en tarea imposible y frustrante. "Mi dulce estrategia/derrotada", confiesa lastimera la Rosal. Porque, aunque "unas manos (...) me alzan salpicada/con la dulce violencia de la aurora" y le nacen grietas, no podemos llegar a saber si éstas son equivalentes a estigmas -prueba de superación de la vía unitiva y por ende de la santidad- o si, por el contrario, son desgarros en el alma de la poetisa, dolida por su incapacidad de expresar en papel -fotográfico o no- la revelación poética que ha sufrido.

Por suerte -no por desgracia: Laura es una mística, no una maldita-, el proceso vuelve al inicio, a pesar de "la pereza de ser. De estar. De irse". Sus ojos de veinte años huirán de su cuerpo sensual, de la masa ajena a "la competencia eléctrica/de las estrellas" y morirá y renacerá, se oscurecerá y se alumbrará su voz, una y otra vez. Porque aún queda esperanza -no hay lugar para sentirse maldita-. Porque ella siente, cada vez que muere mártir de la Poesía, que "toda la tierra se convierte en eco".

Y es que recorrer el camino de perfección poética que Laura inicia ahora con También mis ojos requiere ser nómada para toda la vida, recorrer mundo incansablemente. Porque, al fin y al cabo, tiene la esperanza -virtud teologal y poética- de que "el mundo palpita algo definitivo".

Cabe recordar que Laura Rosal es columnista de Sevilla Actualidad, y que cada jueves ofrece su particular visión en 'Gritos y susurros'.