jueves, 25 de marzo de 2010

Reseña de También mis ojos, de Laura Rosal, por Eduardo Chivite.


Reseña de También mis ojos, de Laura Rosal, por Eduardo Chivite.

Con motivo del Cuaderno Caníbal nº 3, Cangrejo Pistolero Ediciones, la editorial creada hace ya años por Antonio García Villarán y Nuria Mezquita, edita el primer poemario de Laura Rosal, fotógrafa del ciclo Las Noches del Cangrejo, y poeta emergente jovencísima invitada este año a Cosmopoética. Edición elegantísima y maravillosamente ilustrada con las libélulas de la pintora Erika Espinosa; libélulas como la que Laura siempre lleva consigo.

Un primer libro, que sorprende. No lo digo por su madurez, ni por ninguna otra razón, no… Lo digo, simplemente, porque sorprende. Abrir un libro con un poema adecuado, con uno que nos coloca en el lugar desde donde mirar, como quien busca un encuadre; un poema que nos lleva o nos trae de vuelta, nada más comenzar; desde un yo-lírico que es otro y a la vez la certeza, en cambio, de saber que “Estoy donde debo”. Ser-sentirse La extranjera (título de la primera parte del poemario), bienvenida (Welcome, roots. Cita de Anne Sexton), empezar por no reconocerse o “Dejar caer la vida”… Sorprende. El tono y la forma de mirar, el lugar desde dónde mirar, y ser y sentirse de Laura Rosal convence ya desde el primer poema.

Y seguido, como si se tratase de un amor de antiguo conocido y recién llegado a la ciudad, se explica, en una poética intima de confesión: “Estoy aquí para preguntarte”. La pregunta es una imagen tan hermosa que tiene que ayudarnos: “Quizás podrías deletrearme (…) / esas estrellas (…) minúsculas / Mayúsculas / Estáticas, / A mi lado”. Y de pronto, es como si los versos se convirtiesen en una noche oscura y las letras, minúsculas o mayúsculas y estáticas, se antojaran, cerca de ella misma, estrellas. Dice Andrés Neuman en el maravilloso Preludio de Raíz, con que se introduce la edición y que encierra en cada frase una lectura atenta y acertada de este libro: “Nada es banal tratándose de Laura, minúscula y mayúscula”. No en balde, como poética intima califiqué antes al poema. Como si le diese un sentido rítmico-semántico a los versos, usa Laura de la mayúscula al principio de los mismos, una intención de sucesión de imágenes o de yuxtaposición de cadencias. Y me trae a la memoria a T. S. Eliot, hablando del verso como unidad poética. La extranjería de la voz lírica desciende órfica al infierno: “Por ti me destruyo / (…) Y nada. / Nadie”. Y ahora, ya nihilista, infiel, lejos de sí misma, se ofrece al lector a sabiendas de que escribir, de que el poema, deja de ser de uno, para ser de todos. Como quien trata de encontrarse entre las líneas de luz (“He comenzado a reseguir las rayitas de sol”), en las líneas que dibuja el trazo del poeta cuando escribe, se abandona a la noche, camina sobre el fuego, “En la inmediatez del aire”… y rompe el poema.

Se vuelve ahora ascética en el epíteto título que da nombre a la segunda parte, En una noche oscura, igual que aquel verso de San Juan de la Cruz que abre el poema de Canciones del Alma (“En una noche oscura / con ansias de amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura!, / salí sin ser notada”). Vuelve Laura a mirar, o a ver desde dónde mirar (¿qué os decía?)... y ya, ya no distingue de quién es el poema, “entre / Tu respiración y la mía”. Ese extraño final de verso “entre /”, y de marcar con la mayúscula la seudo-independencia semántica del que sigue, hace que se transforma –desde la identificación fondo-forma– en parte en sí misma de la duda. Desorientación que hace metonímico al “dulce peso de la noche”. En nuestra ausencia busca sus ojos, y es entonces, como bien indica Andrés, que nuestra poeta, consciente de sí por un momento, advierte al amante lector: “Cuídate de mí”. Porque Laura [se] sabe… que “La luna se resbala” de su cama, que “Dulcemente, / La luz fabrica cuerpos”, que “La noche era demasiado blanca” para nuestros ojos.

Cual una imagen mística, el binomio noche-luz se contradice, complementa, Sangra luz… nos habla de la infancia. Una sucesión de imágenes, que ella, igual que hace la luz, como la luz, nos deja ver, y como la sangre, duele. Sangra y se entrega como verso, como la luz, o su pureza: “Tuve que borrarme el rojo / De los labios”. La marcada pausa versal, dejando aislado al rojo… de los labios; reforzada por la alienación semántica de la mayúscula inicial del verso, rompiendo el posible encabalgamiento, la reiteración de “El rojo” y de la misma estructura en el segundo y tercer verso; y la idea de la sangre… ¡Qué necesidad hay de aclarar la fuerza de esta imagen?


La lectura de todo el libro como una voz que habla, una amante que llena de sentido, como un único poema, un sentido-lectura intimo, amatoria, metapoética, tan sugerente en los buenos escritores: “Y me dijo, escribe. Y me dije, amo”. El estilo de Rosal se hunde en la genealogía de Pizarnik; es una voz que NO SE SABE MUJER, lo es; una poesía femenina, con solo la intención de poesía (“La pereza de Ser”). Como buena fotógrafa, lo sabe, “Fotografío las miradas y besos (…)”, y en el título de la última sección, como un curioso secreto, También mis ojos. No solo con el ojo unifocal de su cámara atrapa miradas y besos, a veces con sus propios ojos, o con sus versos, bien claro lo dice: “Me aprieto los párpados / Cuando explico las palabras”. Y el poema que sigue, que tanto me recuerda aquel otro del viejo general Sabines (“Los enamorados son los que abandonan, los que olvidan”) cuando dice: “Los dormidos se sueñan de nuevo / Se enamoran, (…) / Se beben su café”. Lo siento, tengo que decirlo, me encanta este poema. La sensibilidad o sentibilidad o semantibilidad o… de Laura se hace una con la del lector. Si empezó siendo otra (“No es mío este jardín”), ahora vuelve, no al origen, a sí misma, como un solo verso de un gran poema escrito en cuatro partes: La extrajera En una noche oscura Sangra luz, También mis ojos. Dice Neuman: “Este libro está lleno de una mezcla sagrada entre ida y vuelta” ¡¡¡Qué bien visto, Andrés!!! Como una poética mística-sangrante en el poema, identifica aquí el motivo del esfuerzo de escribir: “Mi sangre son tus ojos y tus manos”. Y, en última instancia, da al lector su entera autori(d)a(d): “me callas. Me pronuncias”.

La voz amante del yo-lírico cierra sencilla y confidencial, como todo amante, el gran poema… pero no lo contaré, léanlo, no quiero estropearles el final de este romance. Eso sí, epiloga, “Yo solo hablo de desiertos”, por no decir: “escribo”. Pero como todos, mi amor, como todos.

Eduardo Chivite
(Chivi, el poeta clásico).