viernes, 5 de febrero de 2010

Esteban ECHEVERRÍA, La cautiva. Madrid, Cátedra, 1999, por Javier Gato


Esteban ECHEVERRÍA, La cautiva. Madrid, Cátedra, 1999

Hoy vengo con un texto totalmente desconocido para el público general de España, si bien al otro lado del Atlántico es considerado, nada más ni nada menos, como una de las principales obras fundacionales del Romanticismo americano y, por consiguiente, de la literatura hispanoamericana tras la Independencia. Si en la anterior reseña criticaba la falta de rigor con que los profesores de enseñanzas medias suelen explicar la Historia de nuestra propia literatura, en ésta quisiera romper una lanza en favor de la olvidadísima literatura hispanoamericana, tan rica y brillante como la nuestra y merecedora de ser conocida por los jóvenes españoles. Mientras los programas curriculares de la ESO y del Bachillerato dediquen sus tres cuartas partes al análisis morfosintáctico, como suele hacerse, no podremos aspirar a contar con una ciudadanía auténticamente culta y dotada de una sólida base humanística.



“La cautiva” fue un extenso poema publicado en 1837 dentro de las Rimas, poemario del escritor y pensador social bonaerense Esteban Echeverría. El resto de las composiciones del libro, himnos y canciones plagados de manidos tópicos románticos y de un estilo no muy brillante, no han sobrevivido a la criba del tiempo, por lo que hoy día La cautiva suele ser editada como un texto autónomo, un poemario consistente en un solo poema épico que se divide en nueve cantos y viene precedido por una Advertencia del autor, en la cual declara su propósito de iniciar en el Río de la Plata una literatura romántica genuina. El poema fue acogido por la crítica porteña en su día con un sorprendente y unánime aplauso; si Echeverría logró su propósito o no, desde la visión del crítico actual, es algo que analizaré a continuación.

La originalidad de La cautiva consiste en la independencia temática de la composición: por primera vez, un escritor hispanoamericano describe el paisaje autóctono de su tierra -la Pampa argentina- e incluye en la trama personajes singularmente rioplatenses -los indios- desde un punto de vista netamente americano. Ya desde el Diario de a bordo de Cristóbal Colón, primer texto literario hispanoamericano, se toca el tema de la flora y la fauna del Nuevo Mundo, pero éstas siempre son descritas desde un punto de vista europeo, apoyándose en recursos de la tradición clásica; Echeverría, en cambio, aborda la naturaleza argentina y sus habitantes nativos como motivos literarios dotados de valor propio, independientes de la visión europea.
Desgraciadamente, Esteban Echeverría no logró, en suma, crear un arte totalmente independiente de las metrópolis europeas: sobre la muy loable ambientación local del poema, único factor en el que se alcanza la independencia literaria, cae el peso aplastante de la ciega fidelidad a los modelos románticos ingleses y franceses, no siempre bien conseguida, por cierto. Hoy día, la crítica gusta más de los escritos políticos de Echeverría y de su relato breve “El matadero”; la impetuosa altisonancia del tono poético y la artificialidad de los personajes de La cautiva, que en su día pasaban por ser el no va más de la sofisticación y la modernidad, resultan en el siglo XXI aburridas y hasta ridículas para el lector.

El modelo de Lord Byron recorre todo el poema, y muchos de sus cantos se inician con citas del lírico inglés. El byronismo es fácilmente detectable en la concordancia entre la naturaleza y el clima, por un lado, y el estado de ánimo de los personajes, por otro, así como el lenguaje extremadamente culto de los protagonistas de la epopeya, Brian y María. Sin embargo, Echeverría disiente de Byron en su concepción de la dicotomía estado natural-estado social. Los intelectuales argentinos de la época, empeñados en hacer de su República la nación más avanzada y cosmopolita del continente americano, conceden una extrema importancia a lo urbano e importado de Europa, a la vez que reniegan del mundo indígena y de la naturaleza salvaje como foco destructivo de violencia, oscurantismo y caos. El binomio Civilización vs. Barbarie, presente en las obras más capitales de la literatura argentina, chocan radicalmente con la opuesta idea byroniana de la naturaleza como estado de pureza e inocencia, libre de la corrupción de la sociedad. Junto a Byron, no existe la menor duda acerca de la influencia de la novela breve Atala de Chateaubriand. La cautiva es un plagio, a veces incluso textual, de esta historia: dos jóvenes enamorados huyen del peligro por un terreno hostil y su amor se ve truncado por un trágico destino. Lo único que cambia es el escenario, que se desplaza de la Luisiana francesa a la Pampa argentina.

La trama desarrolla una peripecia típicamente romántica: dos personajes jóvenes y dotados de las más sublimes virtudes físicas y morales son acosados por elementos externos hostiles que hacen peligrar su amor y hasta su vida. Los enamorados logran escapar, pasan por infinidad de calamidades y al final se impone la fatalidad del destino, el cual sesga la vida de los héroes. Brian es un bravísimo guerrero que viaja con su esposa en una de las muchas campañas genocidas que diversos gobiernos argentinos del XIX impulsaron con el fin de “civilizar” la Pampa y “limpiarla” de “salvajes”. Son víctimas de un malón, violentísima incursión de indios mapuches, y son apresados. De noche, María consigue escapar de su prisión y liberar a su esposo, gravemente herido, con el que inicia una huida por el ardiente desierto, repleto de peligros, que se convierte en una segundo y -esta vez sí- letal cautiverio de los dos enamorados. Destaca por su originalidad la figura de María: aunque conocemos por la voz lírica y las intervenciones de los personajes que Brian es un valeroso y fuerte guerrero, nosotros sólo asistimos directamente a las hazañas heroicas de María, que no tiene nada que ver con las delicadas y pasivas damiselas románticas y que es capaz de cargar con su marido a cuestas por el desierto durante horas y horas. Sin embargo, tan artificial y manido es este heroísmo femenino como la pasividad de las muchachitas románticas: María realizada este esfuerzo sobrehumano movida por el amor, sentimiento omnipotente que mueve a los personajes a acometer hazañas sobrehumanas; sin embargo, cuando su esposo muere finalmente y recibe la noticia de que sus hijos han sido asesinados nuestra heroína fallece de dolor en el acto, puesto que sus funciones de esposa y madre -las únicas posibles para las mujeres en el XIX- han dejado de tener sentido. Tanto ella como Brian carecen de toda profundidad psicológica, y sus diálogos son de una acartonada grandilocuencia retórica: más bien constituyen una excusa para que el poeta pueda transmitir los diversos tópicos de la sensibilidad romántica: amor hiperbólico, belleza, idealismo, virtud moral, heroísmo, evocación de una naturaleza exótica, motivos macabros (la noche, las fieras, los peces muertos en el pantano), etc.

La estructura formal del poema épico se compone de nueve cantos y un epílogo, precedidos por citas de poetas de distinta procedencia. El primer canto, “El desierto”, cumple la misma función que el prólogo a Atala de Chateaubriand: evocar el exótico escenario en el que tienen lugar los hechos de la acción. En “El festín” se plantea el conflicto -el cautiverio de los jóvenes enamorados a manos de los indios- y en “El puñal” se inicia la huida de María con Brian a cuestas. Tras la justicia poética de “La alborada”, en que los indios son exterminados por un grupo armado de argentinos, las calamidades se van sucediendo a lo largo de “El pajonal”, “La espera” y “La quemazón”. En estos tres cantos el primer peligro -el indio- deja paso a un peligro mucho más aterrador: la desértica Pampa argentina, constituida como un segundo cautiverio de consecuencias fatales para los héroes. El clímax se alcanza en el canto “Brian”, en que el viril guerrero muere de sed, hambre y agotamiento. Tras una breve distensión de la acción (“María”) que consiste en el deambular errático de María por el desierto, ésta es decubierta por un grupo de hombres armados, que la reconocen y le dan la noticia del asesinato de sus hijos. María cae desplomada al suelo, muerta de dolor. Esteban Echeverría concluye su obra con un canto-epílogo en que ensalza la dignidad y valentía sin límites de la heroína argentina.

Echeverría opina: “(El ritmo) debe en manos del poeta armonizar con la inspiración y ajustar sus compases a la variada ondulación de los afectos; de aquí la necesidad a veces de variar de metro para expresar con más energía, para precipitar o retener la voz, para dar al canto las entonaciones conformes al efecto que se intenta producir”. Lamayor variación métrica coincide con los cantos en los que la acción tiene un ritmo más rápido o con aquellos que suponen un clímax tensional dentro del poema.

Nuestro poeta carece de un buen dominio de la métrica: son abundantes las incorrecciones y las soluciones poco brillantes con tal de lograr la rima deseada y la isometría dentro de la estrofa. En La cautiva observamos la tendencia romántica a romper con las rígidas normas neoclásicas que exigían la unidad y concordancia de métrica, tema y tono en poesía. Aunque el poema narra la historia heroica de dos personajes nobles y elevados, predominan los versos de arte menor, de poco prestigio y normalmente empleados para cantar temas populares y de menor importancia: octosílabos y hexasílabos combinados en romances, décimas y sextinas. La escasa presencia del endecasílabo, más adecuado para tratar temas solemnes y elevados, puede deberse no sólo a la rebeldía romántica, sino también a la elección de dos temas que a principios del siglo XIX eran considerados groseros y de muy mal gusto: los indios y la Pampa, tan distinta de la apacible y fértil naturaleza neoplatónica de la tradición clásica.

Por último, quisiera destacar que Esteban Echeverría, a pesar de su ideología liberal y anti-colonial y de su fidelidad a los modelos franceses e ingleses, siente un profundo respeto por la lengua española, cuyas normas peninsulares respeta escrupulosamente. Al contrario que en “El matadero”, relato escrito dos años después y más costumbrista y realista que estrictamente romántico, nuestro autor no utiliza jamás el voseo salvo en alguna extrañísima ocasión, y tan sólo emplea palabras del léxico argentino para referirse a realidades botánicas y zoológicas que carecen de significante en el español peninsular, como el chajá. Llama la atención el laísmo presente en La cautiva, fenómeno lingüístico que tan sólo se da entre hispanohablantes de las zonas más septentrionales de la Penísula Ibérica; la causa puede hallarse en que los padres de Echeverría eran burgueses procedentes de Vizcaya. Así, se trata de un rasgo dialectal de carácter familiar.